| Continuación... Parte II de III EL MAMBO • preludio y síntesis, por Chico Alvarez (Para regresar a la primera parte) |
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| SEGUNDA PARTE: El Mambo en Nueva York - Recordemos al Palladium LA MUSICA • alma de un pueblo Si la música es un reflejo de la sociedad en que se genera, pues entonces el mambo ha sido un panorama de la sociedad cubana del siglo veinte. Sin embargo, el mambo refleja una relación entre este baile social de origen afrocubano y la comunidad diversa de Nueva York que tiene sus comienzos a fines de la década de los cuarenta y que aún continua. Durante el tiempo en que el mambo se trasladó de Cuba a Méjico, regresando triunfante a Cuba, para luego emigrar a Nueva York, el baile, tanto como los que lo bailaban, iba cambiando. Como en todos los movimientos culturales, sucede una evolución artística y estética, con varias etapas, que reciben el aporte de músicos, compositores, cantantes y bailarines de diversos grupos étnicos que ayudan a crear un arte completo. El mambo no se produjo espontáneamente. Fue el resultado de toda una generación, de sus antecedentes y de sus sucesores, que aún continúan la lucha para mantener los valores tradicionales y la forma artística. Y mientras que la música sigue la línea recta de su propia evolución, los creadores chocan con una nueva cultura, que en torno lucha por integrar nuevas ideas, y así cambiar lo que ya esta establecido. Es una historia muy antigua que se repite una y mil veces. La vieja guardia lucha por mantener la tradición mientras que la nueva cosecha lucha por el cambio, buscando una forma más contemporánea y genuina para expresarse. Los norteamericanos le llaman a esto “doing your own thing” (haciendo lo tuyo). Hoy, como ayer, es una cosa muy natural. Regresamos ahora al tiempo un poco para recapacitar. Durante la larga trayectoria del mambo encontramos exponentes fundamentales de la generación de los cuarenta. Esta nueva generación comienza a dar sus primeros pasos (en cuanto a la música, me refiero) a mediados de los treinta, llevando a cabo un movimiento musical que está integrado por un sin numero de creadores, todos cubanos, que construyen las bases del “nuevo ritmo”. Conjuntamente con la aparición de estos baluartes, nuestra isla comienza a vivir grandes cambios en su vida política y social que los conducen a la creatividad. Las ideas forjadas por algunos de ellos, consideradas hoy como revolucionarias, son rechazadas por la tal llamada “vieja guardia” como demasiado radicales. A consecuencia de esto, muchos abandonan el desarrollo de la nueva línea, mientras que otros emigran a los Estados Unidos en busca de nuevos horizontes. El clarinetista Mario Bauzá y el flautista Alberto Socarrás son algunos de los primeros músicos cubanos que llegan a Nueva York durante esa época. Ambos se penetran bien en el mundo del jazz, y casi inmediatamente proceden a sembrar sus ideas “criollas” dentro de este género. El resultado de esta inseminación no se llega a ver hasta los años cuarenta cuando surge el nombrado “Afrocuban Jazz” (jazz afrocubano), y coincide con la aparición del mambo. Ambos son fruto de un largo intercambio cultural entre músicos cubanos y afroamericanos, que tiene su comienzo a principios del siglo en lugares como La Habana, New Orleans, Veracruz y Nueva York. Uno de estos músicos, frustrado por la falta de visión y apoyo que se le da en Cuba, entra en un exilio musical y decide viajar a Méjico. Allí se encuentra, lleno de esperanza, buscando el camino que los sueños le prometen a sus ansias. Cuando se habla del mambo, casi siempre nos llega al pensamiento la imagen de este pionero, cuyo nombre es sinónimo con el género: DAMASO PEREZ PRADO, conocido como “cara de foca” y como “el rey del mambo”. Sin embargo, para otras personas la palabra mambo evoca más que una imagen personal. Para miles de bailadores nuevayorquinos la palabra evoca la memoria de un lugar, a donde las barreras de vecindad o barrio, de étnica, de clase social y de raza se desaparecían en la pista de baile. Me refiero al PALLADIUM BALLROOM, conocido mundialmente por los cubanos y latinos como “El Palladium”, lugar que a través de los años también ha llegado a ser sinónimo con el mambo. Sin llevar a cabo una investigación muy profunda este humilde reportaje, basado (en parte) en anécdotas nos permite ver la rica impronta que el mambo adquirió durante los años cincuenta y que prosiguió en la década siguiente, con la aparición de una pléyade de músicos cubanos, latinos y norteamericanos que residían en la urbe nuevayorquina. Es precisamente a este grupo de innovadores que me refiero cuando hablo de los músicos “del patio”. Su aporte fue indiscutible. Y aunque el auge del mambo debe mucho a varios empresarios norteamericanos de descendencia judía, igual que a la industria del cine mejicano, no podemos olvidar que fueron los bailadores que propulsaron este fenómeno en el ámbito nacional. A mediado de la década de los cincuenta este baile, junto al popularísimo chachachá, se bailaba por todas partes del país. Prado lanzó su mambo desde Méjico en el ‘51, llevándolo por todas partes de Europa y Sudamérica. Hasta al Japón llegó “Patricia” con su tumbao. En Nueva York el mambo impactó más que en cualquier otro lugar, y la ciudad tuvo la distinción de ser nombrada la “capital” del mambo. Y como toda buena capital, pues tenía que tener un capitolio. El capitolio del mambo, entonces, fue el Palladium de Nueva York. EL LUGAR • encuentro cultural Para aquellas personas que hoy en día tendrán de cincuenta y pico a sesenta años de edad y que haya vivido su juventud en la ciudad de Nueva York existe, o mejor dicho existió, solamente un MADISON SQUARE GARDEN. Ese es el que quedaba en la Calle Cincuenta y Octava Avenida. Allí se hizo historia deportiva como jamás se volverá a ver. Y para esas personas pues ha existido solamente un Palladium. No es el Palladium de Londres, ni el de Los Ángeles ni el de la Calle Catorce. El Palladium al cual me refiero abrió sus puertas en el año 1948 y estaba ubicado en la calle Broadway casi esquina a la Cincuenta y Tres, en Manhattan. Ambos lugares viven claramente en la memoria de miles de mamberos que hoy se encuentran regados por varias partes del mundo. La gran mayoría de ellos (y ellas) estarán entrando en la edad del retiro, sino lo están gozando ya. No es mera coincidencia que estos dos edificios ocupen un lugar muy especial en los corazones de estas personas. En ambos lugares se cristalizó todo lo que fuera importante para ellos. El deporte y la música eran para esta generación la máxima expresión del triunfo. Allí en esos dos lugares se destacaba lo mejor de lo mejor. Para los rumberos y los mamberos de la época el Palladium era el Madison Square Garden de la música latina, y el “Garden” (como le decían) era el Palladium del arte pugilístico. Para cualquier “teenager” criándose en esta “babel de hierro”, eran como los gemelos del World Trade Center, que también han desaparecidos del panorama neoyorquino. Muy pocas veces la farándula nuevayorquina ha logrado reunir en un solo lugar tantos ritmos contagiosos como los que integraban en el Palladium. En contraste, los espectáculos de hoy se presentan en el “nuevo” Madison Square Garden (parecido más a un estadio de fútbol), y solamente destacan un tipo (o a veces dos) de música. En realidad lo que parece es un circo. En nuestro Palladium, los amantes de la buena música cubana, alegre y rumbosa, propia para escuchar y bailar, encontraban experiencias inolvidables que sin duda todavía ocupan lugar de preferencia en sus vidas. Las orquestas, con sus cantantes, inyectaban en el ánimo de los que tenían la oportunidad de escucharlos, un elemento especial, que no tiene nombre. Hoy, todo es una bulla, los temas son todos iguales y el público no comparte con los músicos, excepto para gritarles desde sus asientos. En nuestro Palladium no sólo se destacaba el talento de los intérpretes, sino la más perfecta fidelidad del sonido, logrado por la excelente acústica (en aquellos momentos todavía no se usaban instrumentos electrónicos ni equipos de sonido que arrebataban al oído. La música se apreciaba por sí misma y la participación del público llevaba a los intérpretes a lo máximo de su presentación). El Palladium nunca escatimó en gastos ni en esfuerzos para presentarle al público lo mejor de la farándula. La noche comenzaba y terminaba despojando a la fanaticada con un verdadero derroche de ritmos, melodías e inolvidables momentos de sano entretenimiento. Mi primera visita a este lugar fue durante el verano del 1964. Tenía todo mis 17 años y lo recuerdo como si fuera ayer. Resulta que unos amigos puertorriqueños que eran muy amantes de la música cubana querían ir a ver El Gran Combo y me invitaron al Palladium. Al llegar nos encontramos con una amiga que nos dijo que El Gran Combo estaba programado para el día siguiente y que Pacheco iba a amenizar la noche. En un instante, tomamos la decisión de entrar. Me acuerdo que al entrar había que subir una escalera larga y estrecha que te llevaba hasta la taquilla. Adentro, lo primero que me impresionó fue la pista de baile. Era enorme, con la tarima hacia la izquierda y la barra hacia la derecha. Allí, sentadas en unas sillas muy altas, balanceándose al compás de un chachachá se veían varias mujeres lindas, de distintas tonalidades y por supuesto muy “sexy”, acompañadas por hombres o en grupos. El ambiente producía un color medio azul, debido al humo de los cigarrillos. Parecía que todo el mundo fumaba en el Palladium. En ese momento precisamente fue que me di cuenta que se estaba presentando el cantante cubano VICENTICO VALDES con su propia orquesta. Después de interpretar una señora guaracha, Vicentico entró en un “mosaico” de sus más famosos boleros. Me acuerdo su interpretación de los temas “Envidia”, “La Montaña” y “La Gloria Eres Tú”, que le quedaron a la medida. Al poco rato (todavía no habían inventado eso del “deejay”) anunciaron a PACHECO Y SU NUEVO TUMBAO. Yo que estaba muy entusiasmado con la charanga de Pacheco, me sorprendí al verlo a él con dos trompetistas en vez de violines y con dos cantantes a cada lado, parado detrás de un par de timbalitos y sin la famosa flauta. Ansiosamente me arrimé un poco más y en eso aquel conjunto rompió con “Ven y Ven”. Esa noche fue para mi una revelación. No me pude contener y empecé a guarachar con la primera dama que me dijera “okay”. Soy de padres cubanos y me crié en Cuba, pero confieso que hasta ese momento no había tenido ninguna pasión por esa música. Empecé a escuchar música cubana en el ‘62 y frecuentaba mucho los bailes que se daban en las iglesias y en los clubes sociales. Me gustaba mucho bailar la pachanga y por supuesto siempre buscaba “empatarme” con alguna jebita. Cuando el cantante “MONGUITO” QUIAN interpretó “El Guayo de Catalina” y “Yo Como Candela” me enamoré del son montuno para siempre. Después oímos a la orquesta de EDDIE PALMIERI, que al principio yo creía que era su hermano CHARLIE. Mientras que todo el mundo buscaba pareja, yo me quedé como una estatua, hipnotizado por esa música y por el ambiente que me rodeaba. Allí, en el Palladium de la calle Broadway, nació mi gran amor, y nació en mí la cubanía. Abrí mis ojos y mis orejas y desde aquel momento no he escuchado nada más que música cubana. No quiero que me interpreten mal, me gusta toda... pero toda la música que hay por haber, y la disfruto como cualquier otro, pero como mi ritmo no hay dos. Aquella noche inolvidable comprendí por qué este lugar atraía tanta gente. Y mirando hacia mi alrededor, lo analicé. Analicé a las parejas mientras bailaban y se coqueteaban con sus movimientos sensuales, analicé aquellos que sentados en la barra se mandaban mensajes sutiles que no necesitaban ninguna explicación. A veces, por la esquinita del ojo capturaba en aquel inmenso espejo negro la imagen de una dama que parecía acariciarme con su mirada, mientras que compartía un trago de ron con su escolta. Analicé también a los músicos, con su alegría y con su afán por todo lo que fuera cubano, y analicé la multitud de bailadores que se movían al compás de aquellos tambores, güiros y maracas. Era como un asalto a los cimientos de aquel edificio, y pensé: “Dios, esta gente va a tumbar este piso con los pasos tan duros que dan”. (Seis columnas gruesas se encargaban de mantener el piso y el techo en su lugar). Analicé también las caras lindas de aquella multitud, caras blancas y negras, de pelo castaño, rubio y pasuo, judíos, chinos, italianos, gordos y flacos, jóvenes y medio tiempos, ricos y pobres, doctores y abogados, policías y raqueteros. Todos con una sola meta, rendirse al sabor y el ritmo de Cuba, y así homenajear a los progenitores y los arquitectos del nuevo ritmo. De todas partes venían, de los cinco condados de la ciudad. En taxi o en subway, en autobús o a pie, (en una ocasión observé a un señor que llegó en bicicleta). venían también de los suburbios de Yonkers, Mount Vernon y Riverdale, de Long Island y de Connecticut y también de aquí en el Estado Jardín, especialmente de Hudson County y de Newark. Llegaban para lucir sus trajes lindos y para bailar con las excelentes orquestas, cuya meta era ponerlos a gozar. Sin discusión, la estrella del Palladium siempre fue la música cubana, que constituía la máxima atracción en el magnifico show que este centro nocturno le brindaba a su público. Como es natural, durante el transcurso del tiempo el Palladium fue adquiriendo mayor prestigio y nombre hasta llegar a ser la “meca” donde todos los artistas, extranjeros y del patio ansiaban actuar y triunfar. Esto es historia. RETROSPECTIVA • el mambo y el Palladium, perfecta combinación Después de la segunda guerra mundial, la orquesta predilecta en Nueva York y en el Palladium era la del sonero cubano FRANK GRILLO, mejor conocido como “Machito”. Su meta era llevar los ritmos afrocubanos y latinoamericanos a la sociedad mediocre del “downtown” e integrarse a la música popular de este público adinerado, y así lograr que el y sus músicos ganaran más dinero para mantener a sus familias. Conseguir esto no era nada de fácil, pues representaba un “choque” de clases. Seria un proceso largo, pensaba Macho, ya que esta música estaba considerada como música de negros y sus creadores e intérpretes habían quedados casi marginalizados. Es interesante ver como Machito logró romper estos prejuicios, propulsando su música a otro nivel y así, abrir las puertas para futuras generaciones de músicos. Sobre estos sucesos los historiadores y etnomusicólogos pocas veces comentan. MARIO BAUZA, quien fue su director musical por más de treinta años, me habló de su cuñado Machito y de sus logros de esta forma: “Resulta que la orquesta de Machito había atraído a un público que a la vez apoyaba a los jazzistas de la “nueva ola”, o sea, el estilo de jazz denominado “Bebop”. Debido al sonido muy jazzea’o de la orquesta, y por nuestra amistad con el trompetista DIZZY GILLESPIE adquirimos un sin numero de admiradores norteamericanos de ambas razas (blancos y negros). Logramos entonces colocarnos en varios teatros y centros nocturnos fuera de Harlem, en la radio de habla inglés y hasta en algunas películas. Eran lugares donde frecuentemente veíamos una clientela menos conservadora. De esta forma le pasamos por encima a aquel elemento que pretendía mantenernos marginalizados.” Ya para el ‘51 entran en el Paladium las orquestas de TITO PUENTE y TITO RODRIGUEZ, que arrastran a un público netamente latino y que junto a Macho y Mario, le ponen el cuño al Paladium como “La Casa Del Mambo” (The Home of the Mambo) y la meca de la “música latina”. Esta última etiqueta, aunque totalmente falsa, transforma al Paladium en un lugar de atracción con sus diversos ritmos y estilos. Esta transformación de ritmos, ha de poner de manifiesto la calidad artística y musical con que ha contado siempre el Paladium. El Paladium, considerado hasta entonces un salón de baile corriente y conservador, pronto se convierte en el club más famoso de la ciudad. El trío de orquestas anteriormente mencionadas se convierte en una institución auténtica del arte, exponentes de la música popular cubana, y aporta mucho a la popularización del mambo de Pérez Prado. Macho y los dos Titos pasean el nombre de Cuba y el mambo por los más recónditos lugares de la ciudad. Durante varios años actúan siempre juntos como un sólido pilar que mantiene todo en perfecto balance. A estos tres en particular se le debe el éxito del Palladium. Por eso es que muchos todavía se refieren a ellos como “Los Tres Grandes” (The Big Three). Sus innumerables grabaciones permanecen latentes en nuestro recuerdo, y últimamente han sido lanzadas al mercado de nuevo en forma de disco compacto (CD). Entre paréntesis, es muy necesario mencionar que el mambo al estilo de esas agrupaciones que dominaban en el Palladium era más guarachas movidas o rumbas que mambos; lo que sucedió fue que los arreglistas, para estar a la moda y para desafiar al rey Prado, le agregaban una sección de metales armonizados que le llamaron "mambo" sobre el estribillo, o montuno, pero a la velocidad de la guaracha. Ahora, esta nueva modalidad era en realidad una combinación de guaracha y mambo. De tal forma apareció en muchos discos denominada como "guaracha-mambo". Los músicos americanos le pusieron de nombre "swing guaracha" o si no se referían a un "uptempo or swinging mambo". Al transcurrir el tiempo el público dejó de llamarle así. Se quedó simplemente como un mambo, no obstante, a su rapidez o a su clave. Los mambos que surgieron causando furor podían estar cerrados lo mismo dentro de la clave de 2 /3 como en la clave de 3/2. Hoy en día es difícil encontrar un músico de aquella época que no le siga llamando a esa combinación de guaracha-rumba y son "the mambo''. Desde muy temprano el comercialismo triunfa y lo que sucedió fue algo parecido a lo de la "Salsa”. La palabrita que surgió del antiguo danzón, vestida de gala, con enlaces jazzísticos y enroscada en la garganta de Pérez Prado, se quedó para siempre. La nueva generación, tanto en Nueva York como en Cuba, la aceptó como tal y de una manera permanente. Algo curioso, después del triunfo del tirano en Cuba, las publicaciones cubanas constantemente se referían al mambo y al chachachá como géneros norteamericanos, por razones inexplicables. Pero regresamos al punto clave del asunto, y al muy nombrado Palladium. Debido al éxito de Machito y los demás, empiezan a llegar a Nueva York las más famosas orquestas de Cuba para presentarse en el Palladium. ROBERTO FAZ, BENY MORE, ROLANDO LASERIE, LA ORQ. ARAGON y JOSE FAJARDO son algunos de los que comparten con los grupos del patio. De Puerto Rico venía a cada rato el gran CESAR CONCEPCION, y CORTIJO. También orquestas de Sudamérica como BILLO’S CARACAS BOYS y desde Méjico el rey del mambo PEREZ PRADO. Ahí es cuando empieza la costumbre de utilizar a tres orquestas en vez de dos. La última orquesta terminaba de tocar a las cuatro de la mañana y muy pocas personas se iban antes de esa hora. |
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