Música Vieja para el Hombre Nuevo
Por ARMANDO LOPEZ
"Hasta la Reina Isabel bailó el danzón", el son, la guaracha, la rumba, la conga, el mambo y el cha-
cha-chá recorrieron el planeta. ¿Cuál fue la fórmula de tanta música buena? Mezclar guitarras y
bandurrias españolas con tambores africanos, agitar la explosiva fórmula durante cuatro siglos,
sazonarla con violines franceses huidos de Haití, laúdes con aire de ópera italiana e instrumentos
de viento y estructuras orquestales tomadas del jazz... Los cubanos maceraron la ritmática fórmula
cadenciosamente con los pies y las caderas, antes de servirla bailando con picardía en el muelle de
cualquier puerto, en la calle, en la bodega de la esquina, en un cabaré a media luz...
La música cubana hace milagros "Caballero esto le zumba, la cosa se ha puesto fea, el muerto se
fue de rumba" cantaba la multitud en los carnavales habaneros, pero los ritmos cubanos lo mismo
hicieron bailar a un muerto que profetizaron a golpe de guaguancó la tragedia de su pueblo: "Timba
en la trampa cayó y no puede salir".
En las últimas cuatro décadas, la producción de nuevos ritmos bailables se agotó. Las causas hay
que hallarlas en la revolución misma: el auto bloqueo, la falta de grabaciones y comercialización;
pero sobre todo, en el dogmatismo que calificó el pasado como decadente; en la represión
sistemática que acabó con todo resto de espontaneidad, de individualidad, de bohemia, y pretendió
crear el hombre químicamente puro: el hombre nuevo.
Las dos caras de La Habana de los 60
En 1959, los perfumes Guerlain llevaban impreso en sus etiquetas, París, New York, La Habana. Y
no era por gusto... La bohemia musical habanera comenzaba en Santa Fe, en una veintena de
clubes sobre el mar y recorrían cuarenta kilómetros de música en vivo hasta el Rincón de Guanabo.
La Habana era mucha Habana, a las 4.00 de la mañana, en el cabaré Las Vegas, de la calle Infanta,
cantaba la temperamental Vilma Valle; en la Taberna de Pedro, de la Playa de Mariano, a la hora de
la resaca, el timbalero Chori aún repiqueteaba botellas, como en la época feliz de Marlon Brando; en
la Autopista del Mediodía, los fieles al bolero, iban, a desayunarse, con Orlando Vallejo, cantando
que murmuren, que me importa que murmuren; en los Aires Libres de Prado, descargaba El
Conjunto Saratoga, y en el Night and Day, de la Avenida de Rancho Boyeros, si se ponía usted de
suerte, el Benny Moré, con su Banda Gigante, melodiaba....cómo fue no se decirte cómo fue... Pero
ya a los cabareteros nos miraban feo, cuando llegábamos a casa con el sol, mientras el vecino se
levantaba para cortar caña...
En la calle Infanta, a una cuadra de Radio Progreso, en la conjunción de las calles Vapor y 27, hay
un parquecito, con una parada de guaguas. Un amanecer coincidimos allí las dos caras de La
Habana de los 60: de un lado, un grupo de jóvenes que cantábamos filin alrededor de una guitarra:
esta tristeza se niega al olvido como la penumbra a la luz... del otro, el hombre nuevo, un miliciano
con su mocha en la mano, que esperaba el camión que lo llevaría al surco...de pronto el de uniforme
se puso de pie, nos miró, escupió con asco, y exclamó: me gustaría cortales la cabeza, pero ya la
revolución se encargará de ustedes. Y bien que lo sabíamos, había que ganar la carrera contra reloj,
disfrutar cada noche como si fuera la última...
Al día siguiente, estaba parado en la esquina de Espada y Jovellar, en el barrio habanero de San
Lázaro, recostado al mostrador de la bodega de la esquina, cuando se llevaron la vitrola, la rockola,
o como quieran llamarle. En una tarde, retiraron la mayoría de las vitrolas del barrio, hasta el Parque
de Trillo; las montaron en camiones, en un operativo, por orden "de arriba"... las pocas que
quedaron, se atragantaron de niqueles hasta enmudecer.
La revolución cubana quería un mundo nuevo, y eso de tener una bodega en cada esquina y una
barra con cerveza en cada bodega, sonando música, era intolerable. Que los niños vinieran de la
escuela y su padre estuviera jugando al cubilete, y escuchando boleros, era un vicio del pasado que
había que erradicar. Y nos dejaron sin ranura para echar el níquel. Y le dieron la primera puñalada a
la música cubana, porque las vitrolas constituían un muestreo del gusto musical, y para la industria,
un vehículo de retroalimentación. Pero ni cuenta nos dimos, porque todavía, La Habana era mucha
Habana.
Oh la Habana, quien no la ve, no la ama
Oh, la Habana, Oh la Habana... repiqueteaba la conga, cuando el son de Carlos Puebla sonó como
mal agüero: Llegó el Comandante y mandó a parar, pero La Habana traqueteada, uniformada,
desvencijada, se resistía. Sus mujeres, inventaban. Como ya no había maquillajes Mac Factor ni
Maybelline, comenzaron a delinearse los ojos con tempera. Y si llovía, sucedía lo que anunciara
Miguel Matamoros:¡lágrimas negras! Surrealismo o realismo mágico, da igual, las oficinistas se
pintaban una raya negra en el dorso de las piernas para simular que llevaban medias de nylon.
¿Se acuerdan de las lámparas Quesada?, aquellos armatostes de cristal, que pretendían imitar a
las lacrimosas lámparas de Versalles (del palacio francés, no del restaurante de Miami). Pues las
señoronas cubanas que las tenían colgadas en su sala, las cambiaban por cuatro pollos o un
puerco. Y es que se pusieron de moda los collares de cristal de lámpara. Por delante, y por detrás y
de varias vueltas. Recuerdo a la escultural Alicia Figueroa, modelo de Tropicana, encaramada en
sus tacones de raso, ataviada con su bombillo de tafetán, engalanada con un imponente collar de
lágrimas de cristal, bajo la monumental lámpara del cabaré Capri. ¡Una imagen digna de Buñuel!
Y es que todavía La Habana, era mucha Habana. En el Club 21, del Vedado, usted podía
encontrarse a Aida Diestro, La Gorda, la maga de las armonías; Aida la del cuarteto, con su boquilla
de marfil y su cigarro humeante, tratando a todos de usted, con pícara arrogancia, sentada,
saboreando su whisky a la roca, esperando su turno, que a la 1.30 de la madrugada, entre los
olores a sopa de ajo, y el sonido frío de la coctelera, cantaba su cuarteto, o mejor dicho, lo que
quedaba del famoso cuarteto, porque Aidée, la hermana de Omara Portuondo, ya se había largado
del país, Omara, de miliciana con la melena alborotada, le cantaba a Ángela Davis; y Elena Burke, la
señora sentimiento, descargaba en el Club Sherezada, de los bajos del Foxa, con Frank Domínguez,
en una especie de rito para iniciados del filin.
Con La Burke, redonda de voz y cuerpo, comenzaba la marcha ritual del Vedado: sé que has tenido
en la vida la mar de aventuras, sé que has pecado mil veces vendiendo tu amor...y de ahí, enviciados
de melodía, de humo... y de Habana, subíamos hasta 17 y K, hasta el Karachi, a escuchar a la
carismática Doris de la Torre, acompañada por Peruchín, ¡qué maravilla!, hay que darse cuenta, que
todo es mentira, que nada es verdad, la vida es un sueño y todo se va, cantaba Doris, flemática,
impenetrable, iluminada por velas que sostenían sus admiradores, mientras miles de cubanos se
iban de verdad, se largaban del país, entre ellos Celia Cruz, que se llevó la guaracha; y Olga Guillot,
que dejó un vacío en el Cabaré Capri que nadie pudo llenar, ni la Reina del guaguancó Celeste
Mendoza, porque Olga, era insustituible..
No la llores que fue la gran bandolera
Así cantaba Celeste en el Capri, mientras los faranduleros respondíamos: nada de llanto, mucho
abanico, frase acuñada por la actriz cómica Lita Romano (que también se largó por esos días), que
del Karachi nos llegábamos a La Red, donde estaba ese volcán de fuego desparramado, La Lupe,
cayéndole a golpes a Homero el pianista, desgarrando una canción digna de Frankestein: a mi que
me importa que me salga una llaguita en la puntica de la lengua, yo lo que quiero es que caiga la
bomba, maldecía la provocadora mulata-china, mientras las bombas de la contrarrevolución
explotaban en las tiendas vacías de Galiano, y en la Cabaña fusilaban, y la calle se ponía malísima.
Pero los faranduleros no dejábamos de salir todas las noches, porque no queríamos perdernos
nada de aquella bohemia irrepetible, que en el Gato Tuerto estaba la rara Miriam Acevedo,
acompañada de la guitarra virtuosa de Froilán, y de gente aún más rara que ella, que venían a oírla
cantar ponme la mano aquí, Macorina, ponme la mano, aquí, mientras llegaba el pastel de carne,
sin carne, que ya estaba racionada, servido en platos pintados por Amelia Peláez, y ¡en el Capri!, la
enorme negra de voz total, La Freddy, gemía "Noche de Ronda", y Caperucita sería Juana Bacallao,
la negra que en el bembé salpica pa' no mojar ¡alucinante!, una caperucita que se comía al lobo...
O el cuarteto de Meme Solís, electrizaba con Moraima Secada, La Mora, cantando: en tu calvario
triste surgiré como alivio que rompe las cadenas, y la gente se miraba sin decir ni jota de las
cadenas, porque iba presa; y en el Caribe del Habana Libre (de mentiritas), podías descocotarte con
el ritmo Pa-cá de Juanito Márquez: cuidado con la vela que viene y te quema, cuidado con la vela,
candela; o escandalizarte con las insólitas locas del Saint Michel, porque La Habana tenía decenas
de clubs gay, y era muy open mind, antes, mucho antes de que New York o París. ¡Oh la Habana,
quien no la ve no la ama!, repetía la conga, pero cómo no amarla, si en un mismo hotel del Vedado,
en el Saint John, descargaban tres monstruos de la canción: José Antonio Méndez y Portillo de la
Luz, en el piso quince, ¡una vista aérea para morirse!; y Ela O'Farril, con su voz de persona y su
guitarra animal descargaba en el lobby. Y eso ocurría al doblar de la esquina de La Gruta, donde,
Pepé Delgado susurraba Sobre todas las cosas del mundo, no hay nada más bello que tú... y a sólo
una cuadra, en el lujoso Monseigneur, actuaba el piano hecho expresión: Bola de Nieve...
De risa y guaracha se ha muerto el bongó
¿Cuál es la mejor escuela para un cantante de música popular? Me preguntó una noche el pianista
estrella de Tropicana, Felo Bergaza, mientras escuchábamos, a una de esas mecánicas
cancioneras salidas de las escuelas de arte, que todas cantan igual. El cabaré -me respondió-
porque en el cabaré se canta observando las reacciones del público. Tan cerca estás del público
que puedes manosearlo, y saber si la frase, la entonación, el gesto, funciona o no, y si funciona, lo
perfeccionas hasta encontrar tu estilo propio. ¿De qué sirve una buena voz sin estilo? ¡Óyela, ahí la
tienes! Los mejores intérpretes que ha dado Cuba, desde María Teresa Vera a Rolando Laserie,
triunfaron por acentuar sus defectos, que no es otra cosa que crearse un estilo, el que
perfeccionaron de cara al implacable, que si no les gusta lo que haces, te tiran un zapato por la
cabeza. Y a zapatazos se aprende.
A las dos de la madrugada, en un tugurio llamado El Toreador, en la calle Belascoaín, cantaba
Miguel de Gonzalo. Los que sabíamos que era el más grande intérprete del filin, lo seguíamos en
sus presentaciones. Nos sentaron en una mesa coja. Olía a rayos. ¿El público? Aseres con
cadenas de oro, abrazando a sus parejas, y hablando tan alto que, a cada rato, venía un gordo, y
mandaba a bajar la voz. Pero empezó el show y salió Miguel con su cara triste. No dijo buenas
noches, ni habló, comenzó a cantar Nuestras vidas que quizás un día, valieron un poco, ya no valen,
no digo yo un poco, ni siquiera nada, y pareciera que la melodía de Orlando de la Rosa fuera la llave
para entrar al cielo. Los aseres pusieron caras de ángeles. Sus hembras cerraron los ojos en afán
místico. Y mientras Miguel escalaba a media voz los agudos, susurraba los graves, y se detenía
como un equilibrista en los medios tonos, me acordé de Felo Bergaza: El cabaré era la "escuelita"
de la música popular cubana.
Pues un mal día la operación Ofensiva Revolucionaria (1968) intervino de un tirón los pocos cabarés
que quedaban, y lo hizo para clausurarlos. La llamada Ley Seca, los cerró a cal y canto. Daba grima
ver a los músicos vagando como zombis, y a las amas de casa destilando alcohol en ollas de
presión. Hubo miles de intoxicados, y presos. Y esta vez La Habana se fue apagando. ¿Han visto
ustedes como se ponen los gorriones con la lluvia? Así se pusieron los bombillos del alumbrado.
Ya no se podía leer bajo el poste de la esquina; las bodegas sin ron y sin música, cerraban a las
6.00 de la tarde. La Habana parecía un cadáver o un recuerdo. Mulata infeliz tu vida acabó, de risa y
guaracha se ha muerto el bongó, la popular zarzuela de Ernesto Lecuona, fue un presagio. El
maestro Lecuona también había tenido que exilarse.
La tarde que me enteré que Miguel de Gonzalo se había suicidado me fui al malecón, y me senté
solo a mirar el mar, la voz de Miguel resonaba como una profecía: Nuestras vidas que quizás un día,
valieron un poco, ya no valen, no digo yo un poco, ni siquiera nada. ¡Qué verdad tan grande! Ni la vida
de Miguel, ni la de Ela O'Farril, ni la mía, simple farandulero, valían nada, que a la genial
compositora le habían prohibido la entrada al Hotel Saint John, y encerrado en una mazmorra del
G2, nunca le perdonaron componer Adiós Felicidad, casi no te conocí, pasaste indiferente sin querer
nada de mí. La inocente canción de amor, resultaba un himno al desencanto de los que habían
soñado con la revolución. Pobre gente, tenían la ciudad más maravillosa del mundo y la música
más maravillosa del mundo y no se dieron cuenta, y quisieron hacer la revolución; por avariciosos,
fueron expulsados del paraíso.
A bailar y gozar con la Sinfónica Nacional
"Con la revolución todo, contra la revolución nada", había sentenciado El Comandante en Jefe, en el
primer Congreso de Cultura, en el que el escritor Virgilio Piñera, se atrevió a tener miedo. Y era hora
de hacerlo cumplir. Cultura fue sinónimo de ideología. Y la música un arma de penetración. El
bolero fue acusado de pesimista. Boleristas ídolos de multitudes como Blanca Rosa Gil, Orlando
Contreras y Tata Ramos, y autores de la talla de Luis Marquetti y Leopoldo Ulloa fueron silenciados.
Se acabarían los besos de fuego de la "muñequita que canta", la mujer tenía que ser la miliciana, la
federada; hasta las canciones de la vieja Trova, como si quieres conocer Mujer Perjura, de Teofilito,
fueron acusadas de machistas.
La mayoría de los boleristas como Membiela, Vallejo y Contreras se montaron en el avión para no
regresar y los que se quedaron se convirtieron en sombras. Un día vi a Lino Borges caminar con un
raído casimir azul de rayas por el malecón. Le pregunté con afecto, dónde estaba cantando. La voz
de oro del Conjunto Casino me dijo con una dolorosa sonrisa..."en la ducha".
El estado se hizo dueño de todo. Metieron a todos los músicos y cantantes en un mismo saco, un
Centro de Contrataciones. Usted veía en la misma cola a Esther Borja, a Esther Montalbán (la pícara
pianista), o al tramoya de cualquier orquesta. Y entonces crearon jurados para medir la calidad de
los cantantes y músicos. Según la letra que les otorgaban, A, B o C, se les permitía trabajar en la
televisión, grabar un disco, o presentarse en un cabaré. Nadie escapó de la evaluación, ni Barbarito
Diez, la voz del danzón, ni Marta Estrada, la baladista preferida en los años 60, a quien una
humillante letra C, le impidió hacer televisión por más de 10 años. ¿Pero cómo evaluar a Juana
Bacallao? Juana no sabía ni papa de música. Pues la negra genial se apareció ante el jurado, con
la ropa tiznada y, en la mano, un fragmento de partitura quemada: "ustedes pedonen señores del
jurado, pero un incendio desvastaor acabó con mi casa, y esto es lo único que ha quedado de mi
música". El cubano se burlaba de su propia tragedia.
Otra puñalada a la música popular fue la intervención de todas las disqueras y su fusión en una
disquera única, la EGREM, Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales. ¿Su política musical?
Didáctica o represiva, según se mire. Durante sus primeros años, grabó sólo música elaborada,
culta, clásica o como quieran decirle. La ingenua pedagogía creía que la cultura se podía imponer
por decreto. Se "orientó" a la Sinfónica Nacional a dar recitales al pie del Pico Turquino, y a tocar
para los torcedores de tabaco. El día que la Sinfónica se presentó en Pinar del Río, cerraron los
centros de trabajos, metieron a los obreros en camiones y los llevaron a la fuerza al estadio,
mientras, por las calles, un camión de la radio local, arengaba: todos al estadio a bailar y a gozar
con la sinfónica nacional.
Mi delito es por bailar cha-chachá
A estas alturas, el cubano apenas tenía donde bailar. Habían intervenido las casas club, hasta El
Casino Deportivo -donde nació el famoso baile Casino-El Náutico, Los Centros Asturiano y Gallego,
La Artística Gallega, El Bancario, El Universitario, en fin, que no dejaron títere con cabeza. Las
sociedades donde, tradicionalmente, se bailaba los sábados y los domingos, algunas con dos
siglos de existencia, fueron acusadas de racistas. Pero tampoco se salvaron La Bella Unión y El
Gran Maceo, de negros y mulatos, ni las academias de baile, como la de Prado y Neptuno (donde
Enrique Jorrín estrenó el cha-cha-chá). Todo lugar de reunión debía estar bajo el control del Estado.
Bailar se convirtió en un desafío. Los grandes cabarés habían sido destruídos. Tropicana se salvó
en tablita de ser demolido, gracias a que su interventor, un "rebelde" de especial sensibilidad, se
negó a seguir las bestiales órdenes de convertirlo en un almacén, pero Montmartre, Sans Souci y
los casinos Del Río y Nacional, fueron cubiertos por la hierba y las piezas para tractores. Pero
Tropicana fue para privilegiados. Para el millón de bailadores habaneros, sólo quedaba agenciarse
un tocadiscos y un litro de ron en bolsa negra, y lo más difícil, conseguir un permiso de reunión del
temido Comité de Zona. ¡Qué espanto! Nuestros abuelos se habían conocido y enamorado en un
baile, pero ahora los habaneros no tenían donde bailar.
El gobierno tomó cartas en el asunto. ¡A su manera! Creó dos reductos amurallados en Marianao,
donde la policía encerraba a los bailadores como si fueran ganado peligroso: El salón Rosado de la
Tropical, y el Mambí de Tropicana (en los estacionamientos de autos). En sus puertas, miembros de
tropas especiales, con cascos blancos, cataban a mujeres y hombres. Adentro, como en un presidio
de máxima seguridad, un centenar de policías con grandes porras, vigilaba a los bailadores. Y es
que el baile con ritmos de tambor, de procedencia africana, según teorizaba el Instituto de
Neurología, enervaba los sentidos y compulsaba a la violencia. Tanto fue así, que en unos
carnavales, no hubo tambores, nada de comparsas de El Alacrán, Los Dandys, o Las Jardineras. En
1970, desfiló una sola comparsa con música grabada del francés Paul Muriat.
Obladí, obladá otra cosa pasará
Prohibido el bolero, por pesimista, la rumba por enervante, el son y la guaracha por decadentes, y el
rock y el jazz por música del enemigo, los desorientados productores radiales bombardearon a la
juventud con traducciones de ripios norteamericanos, interpretadas por combos españoles, ¡para
morirse! Esa absurda política radial cortó el tradicional intercambio musical entre Estados Unidos y
Cuba, y dividió a la juventud cubana en dos bandos que se convirtieron en enemigos
irreconciliables. De un lado, los que consideraban la música bailable cubana decadente, vulgar y
"chea" (insulto de moda); del otro lado, los que llevaban el tambor en la sangre, y acudían, todos los
fines de semana, con riesgo de ir presos, al Mambí de Tropicana y al Salón Rosado de La Tropical.
Los órganos de prensa de la Juventud Comunista: El Caimán Barbudo y el Diario Juventud Rebelde,
diariamente atacaban al "mal gusto" de la música del pasado y sus intérpretes. No es extraño que
esta política coincidiera con el encarcelamiento de los intelectuales negros cubanos, que acusaban
a la revolución de racista, porque detrás de esta política musical, había una enorme carga de
racismo. Baste decir que en las escuelas de música estaba desterrada la tumbadora, y prohibido
interpretar música popular cubana. Varios fueron los alumnos expulsados del Conservatorio
Amadeo Roldán por tocar al piano un son de Matamoros.
Pero las barbas guerrilleras estaban de moda. Muchos intelectuales en Europa y Estados Unidos,
tenían fe en el "milagro cubano", y el gobierno los invitaba a la Isla, con todos los gastos pagados.
¡Una semana en el trópico! Venían a escuchar tambores y les empujaban un ballet de Chaikovski.
Venían a ver justicia social y los llevaban al tour de las maravillas: a ver al boxeador Stevenson y la
vaca Ubre Blanca. La lista de desencantados sería interminable. El poeta estadounidense Allen
Ginsberg, fundador del movimiento hippie, creyó en la libertad de la revolución y desde que llegó, se
declaró públicamente homosexual, y piropeó, a diestra y siniestra, a los hermosos comandantes:
¡Pecado Mortal! Lo montaron en un avión rumbo a Praga. El ingenuo poeta no sabía que en la
ortodoxia revolucionaria el homosexualismo era un crimen.
Un afamado siquiatra, de la Academia de Ciencias de Checoslovaquia, en una conferencia para
siquiatras y policías, mostró, un aparato que, instalado en el pene, registraba la inclinación sexual
del hombre. Aquel "cundangómetro", como lo bautizaron en son de burla, los siquiatras del Minint,
comprobó que las locas no tenían remedio. En consecuencia, el gobierno creó las UMAP, Unidades
Militares de Ayuda a la Producción, siniestros campos de concentración.
Lo contrario del miedo
¿Qué tiene que ver la UMAP con la música? Mucho. Porque en 1965, en las calles de la Habana
había miedo, y la música es lo contrario del miedo. Se persiguió a los cabareteros, a los religiosos,
a los homosexuales y a los disidentes. ¡Extraña mezcla! En reuniones relámpagos los expulsaban
de sus trabajos, y universidades, afuera había un camión jaula esperándolos, para encerrarlos tras
alambradas de púas, en siniestros campos de concentración, al norte de Camagüey, 14 horas
diarias de trabajos forzados. Los ballets de la Televisión y Tropicana fueron diezmados. Los
bailarines de Luis Trápaga fueron sustituidos por bailadores de la comparsa Los guaracheros de
Regla, que el pueblo, con humor, llamó los tabacos girl. En los cabarés, las parejas de bailes,
desaparecieron. Las rumberas se quedaron bailando solas.
En la televisión, los hombres no podían cantar con pelos largos, ni con cinto ancho, ni con
pantalones campana, ni con guaracheras, ni con camisas de brillo. La lista de los que no podían
aparecer ante las cámaras estaba a la puerta de cada estudio. En esa lista aparecían Frank
Domínguez, Luis Carbonell, y cientos de artistas y músicos más. Sí, en las calles de La Habana,
había miedo...y no todo el mundo tiene madera de héroe.
Pablo Milanés escribió en la UMAP su canción Mis 22 años. Y en cuanto a la muerte amada le diré si
un día la encuentro, adiós que de tí no tengo interés en saber nada... Pero Pablo había aprendido la
lección, le cantaría a la revolución. Por otras vías, Silvio Rodríguez había llegado a la misma
conclusión. Debía salirse de la lista negra de Papito Serguera, que de Fiscal fusilador, pasó a
presidente del Instituto Cubano de Radio y Televisión... Su canción Resumen de Noticias había sido
clasificada contrarrevolucionaria por la comisión del ICRT que analizaba cada letra con lupa
ideológica. Su tema Ojalá ... de tu viejo gobierno de difuntos y flores podía ser una velada alusión al
Comandante...ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá
por lo menos que te lleve la muerte... Silvio también había aprendido la lección. Se podía jugar con la
cadena, pero no con el mono.
Silvio y Pablo, protegidos por Alfredo Guevara y Aidé Santamaría, sin proponérselo, fundaron La
Nueva Trova. Pablo venía del son, del blue, del filin. Silvio del rock, de los Beatles y Bob Dylan. La
unión de ambos alcanzó un alto nivel estético. El gobierno puso a su disposición los estudios de
grabación. La Nueva Trova se sumaría al proceso de laboratorio para borrar el pasado. Se
pretendería crear "el Nuevo Humor" (DDT), "el Nuevo Cine Latinoamericano (ICAIC)", el Nuevo Café
(caturra) y "la Nueva Vaca" (Ubre Blanca). Así, la Nueva Trova sería la música de "el hombre nuevo".
De inmediato, se convirtió en un movimiento nacional. Se abrieron sedes en cada provincia. Y del
canta-autor con su guitarra, pasaron a formar grupos, que recordaban al folklore andino, porque
utilizaban la quena, y otros instrumentos indios sudamericanos que les daban una sonoridad en
tono menor, triste, ajena a nuestra cultura caribeña.
Radios por anca de rana
¡Qué coincidencia!, Fidel apoyaba la política chilena de Allende, y una exposición de arte andino
llenaba las vidrieras vacías de la calle Galiano, cuando el grupo Moncada, vistió ponchos y tocó un
tamboril como los indios araucanos. La Nueva Trova representaba a la revolución y seguía sus
pasos. Cuando Fidel fue a Jamaica, los grupos Moncada y Mayohacán incorporaron las tumbadoras;
cuando visitó Africa, introdujeron el chekeré; pero, de nada les valió, cuando sonaban el son, les
faltaba "bomba".
Por esta época sucedió una explosión social que sólo puede darse en una economía de guerra.
(¿Pero acaso estábamos en guerra?) El sostenimiento de la libreta de abastecimiento cambió
radicalmente el gusto musical de los jóvenes cubanos. A muchos núcleos familiares le tocó por la
libreta un radio VEF, soviético, de cinco bandas. Algún genio del trueque cambió radios por ancas de
rana. Y en la calles, en la playa, en la guagua, todo el mundo andaba con la antena parada.
Unos meses después, hasta los más jóvenes rechazaban toda la música que se hacía en Cuba: la
bailable, la romántica, la nueva trova, no importaba el género. Rechazan la música cubana, como
rechazaban las palmas, la bandera, el escudo, la patria y hasta la tierra. No tenían la culpa. Para
ellos, Patria era sinónimo de revolución. Y la revolución los obligaba a ser "el hombre nuevo", y ellos
querían ser simples mortales, emborracharse y hacer el amor en la playa junto a su radio de onda
corta.
El estado midió el peligro y, con mentalidad faraónica, creó la Orquesta Cubana de Música Moderna,
donde situó ¡la crema y nata! de los músicos. Un todos estrellas gigante. Llegó a tener seis
trompetas, y salió al aire la primera grabación: Pastilla de Menta ¡y sí que fue buena!, a chupar de la
pastilla...
Una orquesta faraónica
Tremendo orquestón, pero en la radio tenía que competir con Barry White, Los Rolling Stones y
Sangre, Sudor y Lágrimas, por un lado, y con la Fannia All Star, Willie Colón y Rubén Blades del otro:
De león a mono amarrao.
La radio cubana, obligada a la competencia, autorizó a los cantantes cubanos, a grabar canciones
extranjeras en sus estudios y, como en Cuba, lo que no estaba prohibido era obligatorio, y Julio
Iglesias, José Feliciano y hasta Raphael estaban prohibidos (nadie sabía por qué), sus pegajosos
temas se hacían obligatorios por Beatriz Márquez y José Valladares, que aseguraba tener el millón
de amigos de Roberto Carlos.
Pero las antenas seguían paradas, y no sólo las radiales, también las de televisión, que algunos se
las agenciaban para ver los canales americanos. Y usted veía en los techos de las casas, altas
torres hechas de percheros de alambre, provistas de un motor que las hacía girar en busca de la
señal. Y podía escuchar de acera a acera "Oye, vecino...no te pierdas los Granmiii". Como
contrapartida surgió el grupo Irakere, con su Bacalao con Pan, y la lucha se emparejó, por un
tiempito.
¡Agárrate con Irakere!, el virtuosismo de sus metales, y los estribillos pegajosos, movilizaron a la
juventud. Irakere fue una versión viajera de la orquesta de Música Moderna. La calidad de Irakere
levantó multitudes en Cuba y en el exterior (ganaron un Premio Grammy) pero las trompetas de
Sandoval, Varona y el Greco, los saxos de Paquito D'Rivera y Averoff, la flauta del Tosco, el piano de
Chucho Valdés y la percusión de Plá y Oscar Valdés, obligaban al baile.
Niurka chupa mi pirulí
El gobierno cambió de palo pa' rumba, organizó matinés bailables en los salones del Casino
Deportivo, el Ferretero, el Miramar, ahora convertidos en Círculos Sociales. La directiva del Partido
era bailar. Se bailaba hasta por cuadras, "auspiciados" por los Comités de Defensa de la
Revolución. Pero aunque el baile refrescó el ambiente, las divisiones entre universitarios y cheos, de
fuerte contenido racial, continuaron latentes, acentuados por los textos populistas de algunos sones
y guarachas.
¿Sólo había que escuchar a Yoyo (ex compinche de la Lupe en el Trío Tropicuba) recién salido de
Mazorra, cantar Niurka chupa mi pirulí. ay que me duele la cabeza, chupa mi pirulí en el desbordado
quiosco de la Construcción, en los carnavales de 1970. ¿Qué estaba pasando? Las orquestas que
no podían enardecer al público con metales circenses, como el Irakere para el consumo interno
(para el exterior tocaban jazz), lo hacían con estribillos "rompe coco". ¡Pobres músicos!...
desprovistos de mercados reales, expuestos a los vaivenes de la política, sin grabaciones, sin
retroalimentación, en desleal competencia con los grupos extranjeros, trataban de ganarse al
público, a cómo fuera.
La radiodifusión pretendió compulsar a los autores a componer música bailable, creó festivales con
premios. El resultado fue una híbrida mezcla de culturanismo y folklore, con letras muy picúas
(kitch), y una música desprovista de sabor. Pero los burócratas insistían. Aprobaron la plantilla
salarial de nuevas orquestas, como La 440, Los Karachi y Son 14 que, a decir verdad, se defendían.
Y hasta repartieron teclados sintetizadores entre algunas charangas como La Maravillas de Florida y
la Original de Manzanillo, y fue simpático, porque (en un inicio) los hacían sonar como pianos,
habían estado divorciados del rock.
Mientras, Irakere apretaba la rosca, sus metales competían consigo mismo, en un circo de
tonalidades altas. Donde quiera que sonaban sus metales del terror, terminaba como la fiesta del
guatao, uno muerto y dos esposao. A uno de sus temas Fiebre, el gobierno le cambio el nombre a
38 y medio, para disimular. Las demás orquestas imitaron a Irakere, y midieron el éxito de un baile
por el número de broncas y gente presa. Podrán imaginar las consecuencias. El baile, a poco más
de un año de ser rescatado, volvió a ser una actividad marginal.
No pisen al muerto
Una anécdota ilustra el desastre: en un baile en Guantánamo, con la orquesta Revé, le dieron una
puñalada a un tipo, que cayó muerto al piso. Pero la orquesta no paró de tocar y los bailadores
frenéticos, continuaron bailando pisoteando al muerto. Revé contaba el cuento, con orgullo. Elio
Revé era líder de una charanga que tocaba changüí, el son de las montañas de Oriente, y tuvo la
suerte de encontrar al joven bajista y compositor Juan Formell. La Revé estuvo en los primeros
lugares de popularidad, hasta que el joven le hizo una raya y creó Los Van Van.
Los Van Van fueron un campanazo de alegría. Sus primeros temas, La Candela, Pastorita, Seis
Semanas, arrebataron a los dos bandos, los "cheos" de la Tropical y los universitarios amantes de
la Trova. ¿Por qué? Porque Formell venía del rock y logró hacer una música más directa, más
moderna, con influencias de los Beatles y de ritmos caribeños como el regaee. Mientras otros
autores entraban con una melodía cantable, la desarrollaban y luego pasaban a los estribillos y al
mambo, Formell, con la inmediatez del rock, entraba con fuerza, y apoyado en su bajo roquero,
agarraba al bailador. Y sus textos verdaderas crónicas urbanas, no eran muy sumisos que digamos,
en más de una vez, fueron prohibidos en la radio.
Soy de esta isla soy del Caribe
La fuerte sonoridad Van Van excedió su nombre (los 10 millones de toneladas de azúcar que no
fueron), y provocó que los universitarios comenzaran a aburrirse de la Nueva Trova. Y claro, fue la
guerra. Silvio Rodríguez habló peste de Formell y la Juventud Comunista arremetió contra los Van
Van, acusándolos de mal gusto, que era peor que una acusación por brujería, pero el gobierno
intervino, y los hizo fumar la pipa de la paz. Silvio grabaría con los Van Van, el tema Imaginada que la
radio trasmitía 50 veces al día... Y Pablo Milanés compondría el son del oportunismo....Soy de esta
isla, soy del Caribe, jamás voy a pisar tierra firme porque me inhibe...mientras, no salía de cumplir
contratos en Madrid y Buenos Aires, que no eran precisamente islas.
Ya La Habana estaba lenta, apagada, y atrincherada, pero los habaneros inventaban. Los jóvenes
se resistían a ir a los círculos sociales, donde les exigían carné de identidad; preferían los arrecifes
de Miramar o del malecón, que ir a las playas con arena habilitadas por el gobierno. Era un acto de
rebeldía. En los arrecifes no había ni agua potable, pero mezclaban naranjas agrias y alcohol de
farmacia, y bailaban con la onda corta, antes de correr a ver, en blanco y negro, la película del
sábado o tomar un helado en Coppelia, que tres horas de cola eran lo más natural del mundo.
Y la gente se vestía a cómo podía. Un sábado, en el estelar programa de TV Juntos a las 9.00, una
popular cancionera, llegó al estudio, con un vestido de lamé azul con hilos de plata. ¿De dónde lo
habrá sacado?, fue el comentario de los músicos. La respuesta llegó cuando un camarógrafo
descorrió tras ella la nueva cortina de boca del estudio, hecha de lamé azul con hilos de plata.
Así vivíamos. ¿La máxima aspiración de la gente? Irse, largarse de la Isla a cómo fuera, en lo que
fuera. Y mientras, hacer el sexo, que no hay más na'-el entrenamiento comenzaba en la secundaria,
y terminaba en la posada - o asistir al Festival de la canción de Varadero, donde el padre de la
cantante española Massiel preguntó ¿Cuánta gente cabe en el anfiteatro? Diez mil personas, le
respondíeron. Se puso las manos en la cabeza y exclamó "los cubanos están locos, miren que
hacer un festival y no cobrar la entrada". Lo que nunca supo el comerciante español, es que la
mayoría de los jóvenes rockeros que venían para aplaudir a su hija, nunca llegaban a Varadero, que
apenas entraban en Matanzas, la policía los montaba en una guagua...y los regresaba para La
Habana.
Por los ochenta, el gobierno dio candela contra candela, ¡tanta! que la calle se puso malísima, y tuvo
que abrir la válvula de escape para que saliera la presión. Y el éxodo masivo por el Mariel cambió el
panorama. Pero, el que no se fue, se quedó. Parece un trabalengua, pero los que se quedaron
trataron de adaptarse. El gobierno también hizo concesiones, invitó al Festival de Varadero a Oscar
de León, que todos admiraban a través de las antenas de sus radios. Cuando el venezolano debutó,
la familia completa estaba frente al televisor Y ocurrió el milagro. Lo viejos sones del Beny con
orquestaciones de los 80 resultaron un escándalo.
El regreso del son
Como un niño perdido que encuentra a sus padres, los cubanos volvieron al son. Oscar de León
pretendió cantar en Guantánamo, y hubo que suspender el concierto, porque a las puertas del
estadio se amotinaron miles de orientales que se quedaron sin poder entrar. Si el Barón de
Humbolt fue el segundo descubridor de Cuba, Oscar de León fue el tercero. Cuando se fue, muchas
orquestas comenzaron a imitarlo.
Una mañana aterrizó en Rancho Boyeros un avión blanco, con una escalerilla blanca, y grandes
parasoles blancos recibieron al Rey de los Yorubas, el papa de la religión lucumí. Venía invitado a
un Congreso de Babalaos en el Palacio de las Convenciones. ¡Puerta abierta! Adalberto Alvarez
sacó su tema Voy a pedirle a los santos; la orquesta Dan Den arrasó con su guaracha San Lázaro; y
los Van Van para no quedarse atrás le cantaron a Orula; el adivino en la religión del tablero de Ifá. La
música continuaba bailando al son de la política.
Por falta de dólares, el Gobierno descubrió que la decadente música del pasado, podía ser rentable.
Creó empresas para comercializar el son y la guaracha. Pero sólo los filtrados salían al extranjero, y
en condiciones humillantes: acompañados por un miembro de seguridad, con pésimos
instrumentos, y sin un afiche, sin un disco que repartir o vender. Los alojaban en hoteles de ínfima
categoría, con un miserable estipendio de comida. Usted podía reconocer a los músicos cubanos
en las calles de México, por su facha; dormían varios en un mismo cuarto de hotel y cocinaban en
reverberos. Eran los gitanos de la música tropical. Los únicos que viajaban con condiciones eran
los patriarcas de la Nueva Trova, que se presentaban en estadios, con enorme publicidad.
En 1983, el premio Novel de Literatura, Gabriel García Márquez, me dijo en entrevista para la Revista
Opina: "La música cubana que se oye en el exterior es La Nueva Trova, porque es la más difundida,
la más protegida por las autoridades culturales de la Revolución, la que en los sectores cultos de
Cuba, consideran la expresión cultural de la Revolución -y añadió el escritor amigo de Fidel-, los
cubanos no están aprovechando un filón cultural tan importante como es su música popular, y existe
el peligro de que si no se estimula el filón empiece a extinguirse".
Baste señalar, que la voz del danzón, Barbarito Diez tenía que cumplir una norma de 26 actuaciones
al mes, si no le descontaban de su miserable salario, mientras cualquier joven trovador de la Nueva
Trova pertenecía a la elitista Agrupación de Conciertos, y estaba exento de cumplir la burocrática
norma. No hay que extrañarse que el diccionario de la música de Helio Orovio, en su primera
edición, traiga una foto a página completa de Silvio Rodríguez, en contraste con una foto tamaño
pasaporte de Ernesto Lecuona: cantarle al Comandante daba magníficos resultados.
Rockeros contra policías
A finales de los años 80, la Unión de Jóvenes Comunistas, decidió maquillarse al estilo pop. La
consigna I love New York, fue transformada en Yo amo al Comandante. Y como parte de la nueva
onda, autorizaron un Festival del Rock en el anfiteatro de Alamar, a más de 20 Kms. de La Habana.
Pero no reforzaron las guaguas. Más de dos mil rockeros se lanzaron a pie por la Vía Blanca. La
peregrinación de melenudos excedió lo planificado. Y vino la contraorden. En la carretera detenían a
todos los jóvenes "raros". Pero unos cientos lograron llegar hasta el anfiteatro, donde se enfrentaron
a una turba de policías. Hubo carros patrullas incendiados, dos jóvenes heridos, y decenas de
arrestados.
Pero la gente seguía con las antenas paradas, oyendo como se derrumbaba el Muro de Berlín, y al
ídolo de entonces Willie Chirino, y su sonido Miami, con infuencia del rock. Usted podía caminar de
La Lisa a Luyanó, sin dejar de escuchar los temas Ya viene llegando y Oxígeno, que respirar
libremente, era lo que estaban pidiendo a gritos los cubanos. Pero, ni soñarlo, a los rockeros los
contentaron con vídeos de Michael Jackson y Madonna, en un programa de TV dirigido y comentado
por un nuevatrovero, y a los sangre caliente, de la Tropical, les dieron NG la Banda, la que manda,
timba de nueva generación, Irakere segunda parte, para desgañitarse meneando el esqueleto, y que
pare el que tenga frenos.
Cortan el cordón umbilical
Y sin los umbilicales subsidios de la Unión Soviética. La economía cubana se paralizó. ¡Y qué burla!
¡Legalizaron el dólar! Y a buscarlo, a inventarlo a cómo fuera. Y a vender La Habana a quien quisiera
comprarla, Meliá o que más me da ¡qué había que buscar los verdes! Y nacieron las jineteras (y
jineteros). Y a todo aquel que sonara la maraca y la tumbadora (entiéndase buscar dólares), lo
montaron en el avión. Y claro, se formó la estampida. En menos de cinco años, un seremillar de
músicos y cantantes, consiguieron contratos para el exterior, y escaparon de la Isla. ¿Qué es un
combo? Preguntaba el choteo cubano, sino La Sinfónica Nacional al regreso de una gira al exterior.
Había que buscar el relevo. Y bajó la orden de rejuvenecer la televisión. ¿Pero con quién? Los
jóvenes que interpretaban música popular estaban congelados en el Movimiento de Aficionados. No
les grababan un disco. No podían hacer televisión. En treinta y tantos años no se habían creado
plazas de artistas profesionales. Pero ahora, la orden venía de arriba, había que rejuvenecerlo todo.
Hasta la primada bailarina Alicia Alonso fue conminada a jubilarse, el ministro de cultura fue
sustituido, por un seudo poeta de pelo largo, y a los viejos músicos que quedaban, les pidieron que
se acogieran al retiro para dejar espacio en las empresas de contrataciones musicales a los
jóvenes.
Graduados de las escuelas de arte, de formación clásica y líbidos jazzísticos, ¡Ay, Irakere!, fueron
incorporados a la música bailable, y desesperados por brillar, por destacarse en el anonimato de
las orquestas, los recién llegados, sonaron con todo lo aprendido, y más, estalló la egomanía
musical.
Música vieja para el hombre nuevo
A 40 años de revolución, gracias a la visión nostálgica (y comercial) del estadounidense Ray
Cooder, Cuba comenzó a exportar a Buena Vista, Compay Segundo, Omara Portuondo, Rolo
Martínez, Pío Leyva, Celina González, e Ibrahim Ferrer: los pocos sobrevivientes de la música del
pasado. ¿Es que no había cantantes y músicos jóvenes en Cuba? Sí, brotaban silvestres, sólo que
la timba que hacían, no gustaba a los anglosajones, ni a los mexicanos, ni a los españoles, ni a
nadie, no era radiable, "no pegaba".
En 1991, la orquesta Dan Den se presentó en Ciudad México. El debut fue en las Piscinas
Olímpicas, un enorme salón donde caben más de 10 mil bailadores. El tema para abrir fue el que
enardecía a los bailadores cubanos: Tú eres más rollo que película. Y cinco mil parejas se
dispusieron a bailar, pero no pudieron. Confundían sus pasos. La única nueva música cubana que
conocían era La Nueva Trova. Sus pies se habían quedado en el son tradicional, y el mambo. Los
promotores mexicanos exigieron a la orquesta montar un nuevo repertorio o, mejor dicho, un viejo
repertorio. Los sones de Ignacio Piñeiro, Beny Moré y Matamoros, y los mambos de Pérez Prado,
salvaron la gira de Dan Den.
Cinco años después Buena Vista, con música de los 40, llenaba teatros en tres continentes,
mientras Isaac Delgado, "la llamada locomotora cubana”, se presentaba en los conciertos de
verano del Parque Central de Nueva York, comenzaba a cantar para 10 mil personas y terminaba
con apenas 500; y otros dos jóvenes que provocaban multitudes en la Isla, Manolito y su Trabuco y
Paulito y su Elite, se presentaban en New Jersey, en pequeños clubes para un centenar de cubanos
"recién llegados", porque boricuas, colombianos y dominicanos rechazan su música de estribillos
agresivos.
Parecía que todos los instrumentos estaban fajados unos con otros, que los metales querían soplar
miles de notas por minuto y la percusión pretendía obligar al piano y al bajo a una marcha forzada.
Era como si todos los instrumentos quisieran escapar, al mismo tiempo, de la Isla, y en el mismo
bote. Cada orquesta era un sálvese quien pueda.
Tras cuarenta años de aislamiento y prohibiciones, sin retroalimentación, y con un sistemático
autobloqueo al oído y a la comercialización, la música cubana bailable, había perdido el rumbo. Los
promotores internacionales, tras el éxito de Buenavista, pedían a los jóvenes músicos cubanos que
montaran sones de los años 30, música vieja para el hombre nuevo. Triste ironía del destino,
porque a cada generación le corresponde cantar la época que le toca vivir.
Que Cuba se abra al mundo
En la última década, la dolarización y el contacto con el turista resquebrajaron el muro ideológico
que separa a Cuba del mundo. La Nueva trova se puso vieja como la revolución misma. El Estado
enfrascado en sobrevivir, dejó por un tiempo que cada cual se las arreglara cómo pudiera. Cada
músico o cantante "luchaba" sus contratos en el extranjero. Tímidamente comenzaron a aparecer
algunos estudios privados de grabación. Los graduados de las escuelas de música ya no
consideraron "lo comercial" como una concesión (o un insulto); músicos y cantantes aprendieron,
con el estómago, que la comercialización es la única forma de distribución, de darse a conocer y,
sobre todo, de escapar de la Isla.
La industria de la música en Cuba (si es que puede llamarse así), va cambiando. Los cubanos
despiertan de su larga utopía fracasada. En las orquestas, los instrumentistas ya no aplastan la voz
del cantante para demostrar que existen como individuos. Las estridencias comienzan a
desaparecer, al tiempo que tibias personalidades escénicas surgen. Se aplacaron las
orquestaciones festivaleras y alardes circenses; los autores y orquestadores se separan tanto de
las élites culteranas como del populismo.
Los más jóvenes comienzan a producir temas al gusto internacional, pero encuentran las puertas
de la comercialización cerradas: por un lado el embargo, por otro el auto aislamiento, las trabas que
impone una sociedad centralizada, en economía de guerra por 45 años.
Coexisten en Cuba una timba desbocada, con fuerte influencia del hip hop, para el consumo interno;
y un son a golpe de nostalgia, para la exportación, secuela de Buenavista Social Club, pero también
hay un rock subterráneo con la potencia desgarrada de lo proscrito, y diferentes "música para
músicos" que no llegan a calar en la mayoría de la población.
Los jóvenes cubanos que han logrado radicarse en España, como los grupos Orisha y Habana
Abierta, revelan la fuerza de una música secuestrada por la ideología: "Salimos de Cuba porque
nuestra música no podíamos hacerla allí -afirmó Orisha a Encuentro en la Red- porque el rap
estaba muy censurado y considerado música del enemigo, y también porque en la Isla no hay
medios para trabajar, no hay estudios ni profesionales para grabar un disco, ni mercado para
vender".
Pero aún estos grupos "de punta", padecen la misma soledad que Willie Chirino desde Miami: no
cuentan con una industria nacional, ni una "inchada" que los respalde. La música popular como el
fútbol requiere de una plataforma, de un público nacional que la "defienda" en sus conciertos, que la
sienta como identidad, que compre, y colecciones sus discos. Al mercado global, y las
trasnacionales del disco, responde una natural reacción nacional: colombianos, puertorriqueños,
mexicanos, dominicanos, brasileños, defienden a sus artistas como parte de la tierra misma. Los
músicos cubanos, en cambio, están solos entre la ideología, el embargo y el destierro.
Hoy, por alergia a la revolución, o afán por lo prohibido, los jóvenes cubanos son más pro
norteamericanos que nunca, ¡pero cuando suenan un rock, un rap, o un regaee, no hay que
preguntarles ¿Y tu abuela donde está? La genética musical de la Isla permanece intacta. El son
corre en sus venas. La ideología represiva no pudo acabar con la picardía de la guaracha. Sólo hace
falta abrir las puertas, que corra el aire fresco, ajustar la brújula de la comercialización, y gritarle al
mundo: "Timba en la trampa cayó y sí pudo salir".
* Música vieja para el hombre nuevo es una conferencia que el autor dictó en la University of
Southern California.
(Armando López Salamo, es productor musical y periodista cubano radicado en Nueva York y
gran conocedor de la música cubana, quien fuera en Cuba jefe de las páginas de espectáculos
de la revista Opina).
Estimado lector:
Si usted conoce como contactar al autor, por favor dígale que vio su artículo en esta página,
que su dueña María Argelia Vizcaino quiere felicitarlo personalmente y pedirle autorización
oficial por la publicación del mismo. Que me escriba a mariaargelia@hotmail.com
Mil gracias por todo,
María Argelia
www.mariaargeliavizcaino.com