Premiado escritor guanabacoense en
importante certamen literario
1.-Gana el dramaturgo Rodolfo Pérez Valero
importante premio de Gijón, España
El escritor cubano radicado en Miami, Rodolfo Pérez Valero,
acaba de ganar el Premio del Concurso Internacional de
Relatos Semana Negra y Ateneo Obrero de Gijón, España,
dedicado a la literatura policíaca. El cuento, titulado
"Querido Subcomandante Marcos", escrito en parte con
vocablos en náhuatl, recoge el drama de una jovencita de
Chiapas que atraviesa el territorio mexicano y cruza la
frontera a Estados Unidos, sufriendo todo tipo de abusos
en una especie de descenso al infierno, del que logra
sobrevivir por la fuerza de su juventud y la esperanza que
brinda el amor.
Por la calidad de los relatos presentados, el jurado decidió que el premio fuera compartido
con "Padre", de Isabel González González, de Sancti Spiritus, Cuba. Y resulta sorprendente
la misma nacionalidad debido a que en el concurso se recibieron obras de España y
muchos países de América Latina.
Durante el fallo de éste y otros certámenes, el director de la Semana Negra, Paco Ignacio
Taibo II, destacó que los premios son concedidos por los propios escritores, de manera
que son "premios de colegas para colegas", así como el hecho de que "son representativos
de la lengua hispana, del español, el castellano o como queráis llamarlo".
Pérez Valero fue uno de los fundadores, a mediados de los años 70, del movimiento de
literatura policíaca en Cuba, y fundador también de la AIEP (Asociación Internacional de
Escritores Policíacos) que ahora reúne a más de dos mil autores de más de 20 países.
Entre sus obras se recuerda "El Misterio de las cuevas del pirata", publicada en 1981 por
Gente Nueva; Confrontación, escrita conjuntamente con Juan Carlos Reloba; y quizás la
más famosa en la isla y el exterior "No es tiempo de ceremonia", ganadora de un primer
premio en 1974, y escogido entre los cien libros de cabecera de selección de textos de Raúl
Gutiérrez Moreno
(http://omega.ilce.edu.mx:3000/sites/rincon/trabajos_ilce/concie/htm/sec_28.htm) junto a
renombradas figuras del género policiaco como Agatha Christie, con Asesinato en el Nilo y
Asesinato en el Orient Express; Edgar Allan Poe, con Narraciones extraordinarias; Jorge
Luis Borges y A. B. Casares, Seis problemas para don Isidro Parodi; Mario Vargas Llosa con
¿Quién mató a Palomino Molero?, entre otros. El dramaturgo Rodolfo Pérez Valero aparece
además en el libro "Variaciones en negro: relatos policiales iberoamericanos",
conjuntamente con veinte autores de ocho países: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba,
España, México y Uruguay, considerado una de las mejores antologías de relatos
enmarcados dentro del género "negro":
En la actualidad, es escritor del Noticiero Univisión.
3.-ESTAMPAS DE CUBA POR MARIA ARGELIA VIZCAINO
Rodolfo Pérez Valero y sus obras premiadas
Rodolfo Pérez Valero ganó un nuevo premio, esta vez (julio, 2006) en el Concurso Internacional
de Relatos Semana Negra y Ateneo Obrero de Gijón, España, dedicado a la literatura policíaca.
Su relato titulado “Querido Subcomandante Marcos” está escrito en parte con vocablos en
náhuatl (la lengua amerindia con mayoritariamente se habla en México), y recoge el drama de
una jovencita de Chiapas que atraviesa el territorio mexicano para llegar a Estados Unidos. En
el camino, como es habitual en estos casos de emigración ilegal a través de la frontera, la
nativa de Chiapas, sufre todo tipo de abusos que el autor describe como “una especie de
descenso al infierno, del que logra sobrevivir por la fuerza de su juventud y la esperanza que
brinda el amor”.
Pérez Valero fue uno de los fundadores, a mediados de los años 70, del movimiento de
literatura policíaca en Cuba, y fundador también de la AIEP (Asociación Internacional de
Escritores Policíacos) que ahora reúne a más de dos mil autores de más de 20 países.
Es su novela No es tiempo de ceremonias, quizás la más famosa en la isla y el exterior,
publicada en México, Buenos Aires, y varios países europeos, traducida a otros idiomas,
ganadora de un primer premio en 1974, la que lo consagra desde entonces, más que como un
maestro del género, en un creador del mismo, porque después de 1959 desaparecieron de
las editoriales cubanas (ya dirigidas por el dueño de todo en la Cuba totalitaria) ese estilo
literario que vuelve a resurgir en la década de 1970 de forma muy diferente.
Leyendo a Lorenzo Lunar Cardedo en su artículo “Estética y estática de la novela policial
cubana” (publicado en http://gangsterera.free.fr/RepNPCubana.htm) refrescamos la historia de
aquellos años. Es en la década de los setenta que renace la novela policial cubana como ‘una
necesidad en la lucha ideológica’. Y se crea el concurso ‘Aniversario del Triunfo de la
Revolución’ convocado por el Ministerio del Interior, “como nueva vía de promoción de las
nuevas figuras que rápidamente se insertaron en el panorama literario nacional y, sobre todo,
en las bibliotecas populares y domésticas. Las bases del concurso eran muy claras: las obras
debían reflejar la actividad de nuestros combatientes del Ministerio del Interior en el
enfrentamiento a la delincuencia y a la contrarrevolución. También el Ministerio del Interior
publica en 1972 una serie de ‘reglas’ para la escritura de literatura policial.”
Desde los primeros años revolucionarios los gobernantes se dieron a la tarea de adoctrinar,
creando una falsa imagen de la realidad que vivía el pueblo cubano. Se exigía a los nuevos
escritores que hicieran énfasis en como el proceso castrista extinguió toda la lacra social de
prostitución, drogas, juegos ilícitos, corrupción política, que hacen siempre un buen tema
policial. Con la nueva literatura había que patentar el discurso político “que abolía por decreto
el lado oscuro de la sociedad, achacando la causa de los males (el homicidio condicionado a
un hecho de trasfondo político) al enemigo que desde afuera intentaba infructuosa y
desesperadamente impedir el desarrollo de nuestro proceso revolucionario”.
Con tantas exigencias se hace muy difícil escribir sobre este género, pero Rodolfo Pérez
Valero supo crear algo diferente a pesar de la imposiciones, introduciendo en la novela policial
cubana al protagonista colectivo y “... se hace patente la lucha de clases y no aparece el héroe
que con un golpe genial soluciona el enigma de un extraño crimen, como es frecuente en este
género. Estos elementos y la participación activa del pueblo le confieren a la obra cierto aire de
tragedia...” (...) “Sí, nos encontramos ante una nueva modalidad de este género tan leído...”,
como escribió en el prólogo de la primera edición de No es Tiempo de Ceremonias José
Martínez Matos.
Pero yo creo que detrás de esta fórmula inventada, hay algo más, si tenemos en cuenta que en
Cuba comunista se acabaron los héroes, los galanes, o los protagonistas de novelas o reales.
O mejor dicho, sólo puede existir una única absoluta persona que sea admirada. Esto
demuestra como un escritor de esa generación tuvo que bregar con limitaciones, y muy a
pesar de las mismas, descubrir la fórmula para crear y triunfar.
Lorenzo Lunar dijo en 2005, sobre la aparición de No es tiempo de ceremonias en 1974:
“Pero, ¿qué fue lo que hizo Pérez Valero?: Una novela decorosa, con dos investigadores bien
perfilados y satisfactoriamente logrados como personajes; (...) de esta unión había resultado
un dúo formidable: uno era el complemento del otro”. Pero después de la aparición de una
novela que, por su frescura, se hizo muy popular en Cuba, surgieron una serie de seguidores
con novelas panfletarias, que marcaron un rumbo, grato para el régimen, del que los mejores
cultores del género habían tratado de alejarse. Lorenzo Lunar señala esta situación cuando
dice: “Este protagonista colectivo de Pérez Valero en 1974 es sólo una criatura recién nacida.
Inmediatamente vendría la apoteosis. Y en medio de la apoteosis la fórmula, de la que nadie
exigió certificado de paternidad.”
Recientemente, Pérez Valero nos dijo sobre No es tiempo de ceremonias: “En aquel entonces
trabajaba en el grupo Rita Montaner, y ésta era mi primera novela. Sólo quise reflejar la
realidad como yo la veía en ese momento. No incorporé detectives privados porque en Cuba
no los había ni los hay. Puse a los Comités de Defensa porque así funcionaba y funciona
hasta en la Cuba actual, 32 años después: la policía acude a los Comités para conocer la
situación de los delincuentes de la cuadra (obviamente, también de los disidentes, pero mi
novela era sobre delincuentes). Y describí a tres investigadores de la policía porque en todos
los países, la policía trabaja en equipo. Lo que sucede es que no eran usuales las novelas
policíacas con varios protagonistas, en una época marcada por un solitario investigador
privado (en la literatura americana) o detective aficionado (en la literatura inglesa)".
A partir de No es tiempo de ceremonias se dio un fenómeno inesperado que el mismo Pérez
Valero explica: “La literatura policíaca cubana comenzó a estudiarse en algunas universidades
americanas y de Europa, y algunos académicos señalaron que era el único género que
mostraba cómo en la sociedad cubana, donde supuestamente habitaba “el hombre nuevo”, se
cometían los mismos crímenes que en Nueva York o en París, A partir de que las autoridades
cubanas se dieron cuenta de esto, arreciaron su vigilancia sobre las novelas policíacas, lo que
creo que contribuyó a que fueran cada vez más propaganda y menos literatura.
Rodolfo Pérez Valero nació en Guanabacoa, La Habana, Cuba en 1948, es graduado de la
Escuela Nacional de Arte, de arte dramático; de la Universidad de La Habana en literatura
española; y de Florida International University con un Master en Español. En la actualidad es
escritor del Noticiero Univisión.
Entre sus obras se recuerda Las cuevas del pirata, publicada en 1981 por Gente Nueva;
Confrontación, escrita conjuntamente con Juan Carlos Reloba; Noche de Máscaras; Tobita;
Rey Tragamas; Estación de Cambio. Y como ya habíamos mencionado la más famosa en la
isla y el exterior No es tiempo de ceremonias, escogida entre los cien libros de cabecera de
selección de textos de Raúl Gutiérrez Moreno http://omega.ilce.edu.mx:
3000/sites/rincon/trabajos_ilce/concie/htm/sec_28.htm ) junto a renombradas figuras del
género policiaco.
Su cuento recientemente premiado puede conmover y sacar una leve sonrisa a la vez,
cómplice en algunos casos, si el lector está familiarizado con el acontecer. Es un rescate de
frases para la historia, y una historia en sí que puede bien haber sido sacada de la realidad.
En el parte de prensa distribuido por las agencias noticiosas se hace énfasis en la calidad del
concurso, pues “durante el fallo de éste y otros certámenes, el director de la Semana Negra,
Paco Ignacio Taibo II, destacó que los premios son concedidos por los propios escritores, de
manera que son 'premios de colegas para colegas', así como el hecho de que son
representativos de la lengua hispana, del español, el castellano o como queráis llamarlo”.
El reconocido escritor cubano Rodolfo Pérez Valero ha ganado premios cuando era tan difícil
crear en un país lleno de limitaciones, y continúa ganando premios internacionales donde hay
tanta calidad competitiva, demostrando que todavía genera sorprendentes obras literarias, que
el público necesita ver impresas y distribuidas para disfrutar de su lectura.-
Opiniones y sugerencias bienvenidos a mariaargelia@hotmail.com. Más trabajos de la autora
puede encontrarlo visitando www.mariaargeliavizcaino.com buscando en el Contenido
"ESTAMPAS DE CUBA"
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¡Felicitamos a Rodolfo Pérez Valero orgullo de Guanabacoa!
Estimados amigos:
Un logro más de nuestro coterráneo el escritor Rodolfo Pérez Valero, que por la alegría que nos produce queremos compartir con todos nuestros compatriotas y amigos de Guanabacoa.
Salió en el periódico "La Gaceta", de Ecuador, el domingo 7 de enero, 2007, que su monólogo "Tobita" será representado en la Segunda Muestra Internacional de Teatro "ENERO TEATRO 2007", que ofrece la Universidad Técnica de Cotopaxi, entre el 15 y 19 de enero del presente año, llevado por el Grupo Bataklán, de la Universidad Nacional de Colombia. Este teatrista ya con anterioridad había llevado el monólogo a México, donde fue muy aplaudido.
Desde nuestra página dedicada a la Villa de Pepe Antonio y a sus hijos en el exilio, le enviamos a nuestro admirado dramaturgo muchas felicitaciones y el deseo que se siga reconociendo su excelente obra.
Gracias a todos por su atención. Saludos, María Argelia
Para ver la publicación puede entrar a http://www.lagaceta.com.ec/ portal/content/view/21822/42/
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4.-¿Por qué me pasan estas cosas a mí?
Rodolfo Pérez Valero
Algo me sacude. Abro los ojos. No veo nada. Oscuridad. Me sacuden
nuevamente. Una mano.
—¡Eh! ¿Eh? —digo a la defensiva, desconcertado. Siento que no puedo
discernir aún entre el sueño que estoy abandonando y la realidad hacia la que
me obligan a ir. Quedo en inerme expectativa, dispuesto a dar por cierto
cualquier desatino.
—Sshh. Despiértate, pero no hables alto —me dice una voz conocida, tenue y
nerviosa—. La cama se movió.
Voy comprendiendo: acaba de despertarme Gladys, mi esposa, para decirme
que la cama se movió...
— ¡¿Cómo?! —le pregunto, también en voz baja.
—Se movió, se movió sola. Yo no la moví.
—Sería yo... que me volví para el otro lado.
—No. Tú estabas durmiendo, tranquilo. Y la cama se movió.
Por un instante estoy tentado de buscar una explicación, pero enseguida
desecho esa locura. ¿No será un ardid de Gladys para despertarme y...?
—Mira, mi amor, tranquilízate. Debes haber tenido una pesadilla— y
descubro que le sigo hablando en voz baja, como temiendo que alguien, o
algo, me escuche. Entonces, no muy convencido, pero incitado por eso de que
las cosas son de una forma y no de otra, concluyo-: Vamos a dormir.
Claro, que después que me volví para mi lado —porque desde hace tiempo
Gladys y yo dormimos cada uno para su lado—, estuve unos minutos
pensando en lo que había sucedido. Pero finalmente, me dormí. Y la cama se
movió. Un ligero movimiento me rompió la burbuja del sueño y abrí los ojos.
Y ahora, ahora mismo, ya totalmente despierto, la cama se está moviendo.
Sola, espantosamente sola.
Cuando se detiene, me vuelvo muy despacio hacia mi mujer.
—Gladys —le digo con un hilillo de voz que casi ni yo mismo escucho—, sí, se
mueve. Se movió.
—Yo la sentí también —me afirma al oído.
Y quedamos boca arriba, mirando a toda la habitación. No hay nadie más y la
ventana, abierta, está a casi un metro de nosotros. Pero la cama, ¡se movió!
Estoy en el trabajo, muerto de sueño. No dormimos más, y la cama se estuvo
quieta. Al levantarnos, revisé toda la casa, sin saber a ciencia cierta qué
buscaba. No hallé nada. Después, desde afuera, le eché un vistazo al edificio.
Había estado pensando que quizá alguien, con una vara, desde la ventana,
hubiera podido…
Nuestro apartamento está en el piso doce. No soy supersticioso, pero,
¡menos mal que no está en el trece! Y es imposible. No hay forma de que un
hombre pueda llegar a la ventana. Tendría que haberse descolgado por una
cuerda desde la azotea, cuatro pisos más arriba. Nadie se arriesgaría así por
una broma.
Claro, que ahora pienso que quizá la cama no se movió sola. Primero, porque
las camas no acostumbran a moverse solas así como así. Segundo, porque
a esa hora de la madrugada, semidormido, uno es capaz de agrandar
cualquier tontería hasta el absurdo, y creérsela. Tercero, porque tiene que
haber una explicación sencilla, como son las cosas en la vida. Lo único que
Gladys y yo no hemos llegado a ella.
Por ejemplo, ahora mismo recuerdo que un amigo, que estuvo viviendo con
una bailarina, me confesó que la muchacha, dormida, se movía
espasmódicamente en la cama. Y es que los músculos, que se tensan
durante el entrenamiento y el baile, se relajan bruscamente durante el sueño.
¿Y si eso nos sucedió, que Gladys, o yo mismo, hubiéramos...? En realidad,
ninguno de los dos hace ejercicios desde quién sabe cuándo. Bastante que
me lo critican aquí en el trabajo, que a los veintiocho años ya tengo una
barriguita de cuarentón. Bueno, no sé, sería cualquier otra la causa. Pero la
cama, ¡no se movió sola!
Es de madrugada. Estoy en casa y me voy a morir del corazón. Cuando nos
acostamos, es verdad que me mantuve despierto todo el tiempo que pude.
Pero no hubo remedio: me dormí. Y en medio del sueño, ¡un grito de terror!
Abrí los ojos y descubrí una sombra en la ventana. Ya Gladys me clavaba las
uñas en el brazo y cogía aire para gritar nuevamente. Sin pensarlo dos veces,
fui a gritar yo también. Pero me quedé sin voz. ¡Menos mal! Pues enseguida
me di cuenta de que era el Negro. Con mi mano, le tapé la boca a Gladys y le
susurré al oído:
—Es el Negro. No hay problemas.
Ella movió la cabeza afirmativamente y, después de cerciorarse de que no
gritaría, la solté.
—¿Por qué no encerraste al Negro? —me gritó—. Tú sabes que le gusta
meterse en la cama con nosotros.
—Parece que se me escapó —respondí con el disgusto de tener que
levantarme a capturar al maldito gato—. O tú dejaste la puerta abierta.
Habríamos seguido discutiendo toda la noche si a Gladys no se le hubiera
ocurrido la gran idea. ¿Sería el Negro quien movió la cama la noche anterior?
Bueno, no discutimos. El tiempo lo invertimos entonces en coger al gato —al
fin lo atrapé, después de dos o tres caricias de sus uñitas—, y en comprobar
si podía haber movido la cama. Lo pusimos sobre la sábana, al lado de
Gladys y, desde la ventana, lo llamé:
—Negro, pss, gatico, ven.
Pero no se movía. Por el contrario, se acurrucaba junto al tibio cuerpo de mi
esposa y se mecía suavemente. Y yo:
—Pss, gatico, Negro, Negrito, ven, mi hijito, anda, ven.
Pero nada.
—Pínchalo —le ordené a Gladys, que ya se estaba quedando dormida junto al
gato—, con un gancho de pelo.
Y Gladys, que desde hace dos años le ha dado por dormir con los rolos
puestos, cogió un gancho y lo pinchó. Todo fue tan rápido que no me dio
tiempo a cubrirme el rostro. El Negro me dejó dos lindos arañazos
adicionales de recuerdo, que serán el acontecimiento mañana en la oficina.
Después realizamos otra prueba: lo puse sobre la ventana y lo pinché yo,
quizá un poco por venganza. El gato maulló, saltó sobre la cama y se acurrucó
otra vez junto a Gladys. Y ella se hubiera dormido si lo hubiera sido porque el
Negro mojó la sábana y la hizo levantarse de un salto.
Encerramos al gato. No parecía probable que él hubiera movido la cama la
noche anterior. Pero quizá sí. ¿Por qué no? Tendría que haber abierto la
cerradura del cuartico donde lo encerramos, pero estos animales son muy
inteligentes. Quizá sí. Y nos dormimos sobre la ropa de cama recién puesta.
Ha pasado una semana. Y cada noche, contando la de las pruebas con el
gato, la cama se ha movido. A veces temprano, a veces tarde, pero se ha
movido. Gladys y yo hemos llegado al acuerdo de no contárselo a nadie, al
menos hasta saber por qué se mueve. Y después haremos bromas sobre
eso y nos reiremos. Por ahora no podemos reímos. Hay que averiguar qué
es lo que sucede.
La verdad es que lo de la cama está resultando algo, como decir, excitante.
Da miedo, pero interesa. Ahora mismo, aquí en el trabajo, estoy loco por llegar
a casa y esperar la noche. Si hasta hace poco nos acostábamos porque no
había nada más que hacer, ahora es diferente. Claro, no siempre fue así.
Cuando nos casamos nos divertíamos muchísimo.
Eso fue hace como cinco años. Yo tenía veintitrés y era alto, atlético y bien
parecido. Ni siquiera usaba lentes de contacto —el del ojo derecho se me
corre a cada rato. Todavía soy alto. Y a veces, en cualquier lugar, las mujeres
me miran y cuchichean. Pero ya tengo veintiocho años y es otra cosa. Uno ha
cogido madurez, comprende la vida de una forma más realista: cómo todo
debe ser con calma, porque el que vive de ilusiones, muere de desengaños.
Eso me decía mi padre, sentado con sus amigos en un banco del parque, y
yo me reía de él. Pero es una gran verdad. Solo ahora, que ya soy casi un
medio tiempo, comprendo cabalmente la enseñanza que encierran esas
palabras. Es que los viejos se las saben todas.
Gladys tenía veinte años cuando nos casamos. ¡Y qué veinte años! ¡Trigueña
de ojos negros, y con un cuerpazo…! ¡Una cinturita, unos senos voluminosos
que apuntaban para el techo, unas caderas enormes, y... en fin! ¡Un cuerpo!
Pero no fue solo lo físico lo que me atrajo. Sabía bailar como la que más, y
cantaba algunas canciones en francés, de memoria, porque estaba en primer
año de idiomas. Cuando nos casamos lo dejó.
También era muy inteligente, al principio. Después se puso con sus
ambiciones, que si yo debía estudiar esto o pasar aquel curso o coger aquel
otro trabajo. ¿Para qué? Yo me sentía y me siento bien en la oficina. ¿Para
qué tomar responsabilidades por veinte o treinta pesos más? Mi tranquilidad
vale más de treinta pesos. Al fin se cansó de empujarme y engordó. Es verdad
que en la calle todavía tiene tremenda aceptación, yo me he fijado. El trópico
no es Francia. Aquí gusta lo exuberante, lo mucho, lo cantidad. Y Gladys tiene
mucho dondequiera. Pero para mí es demasiado. Me asfixio solo de pensar
que ese cuerpo me pueda caer arriba. De mantenerse arriba, ¡ni hablar!
Tengo veintiocho años, que no es lo mismo que antes, y ya, desde aquella
época, Gladys me era un poco pesada a veces. Hoy día, entre nosotros casi
siempre es igual: yo voy, y ya. No me pongo a inventar, no vaya a ser que se le
ocurra algo extraño y a esa hora estoy muy cansado después de toda una
jornada de trabajo.
Ella, a decir verdad, tampoco se muestra muy entusiasmada con las
variaciones. Parece que le cuesta trabajo mover todo eso y se cansa.
iVeintiocho años no son veinte! iY menos ahora que le sobran algunas libritas!
No voy a decir que estemos hechos unos viejos, ¡no! Pero tampoco es todas
las noches como antes, sino, más o menos. .. bueno, como todos los
matrimonios de tiempo. Algunas semanas, ¡qué cosas tiene la vida! hasta se
nos olvida. Ir a acostarse es ir a dormir.
La cama lo ha cambiado todo. Estoy trabajando en un informe que debo
entregar al departamento económico, pero no me atormento. Me siento bien,
hasta alegre. ¿Será posible? Y todo porque, por la noche, algo interesante
está sucediendo en casa. Con decir que estoy durmiendo con el pijama
nuevo, el de rayas verdes y rojas. Y hasta a Gladys la veo más bonita, más
arreglada. Y casi no discute ni me pelea. Los dos nos sonreímos mirando el
televisor, y vamos contentos a la cama.
Y antier pasó algo que. .. Bueno, no quise despertarla. Sí, cuando la cama se
movió, no la desperté. La pobre, seguro que estaba muy cansada, tan tarde
como era. Y me quedé callado.
Primero fue solo un temblor. Yo había tenido la precaución de tomarme medio
vaso de café y ahí estaba, con los ojos que se me querían salir y los cinco
sentidos puestos en el movimiento. Si ya era un hecho incontrovertible, había
que encararlo, conocerlo a fondo. Pero era mejor experimentarlo solo, pues
las mujeres son fantasiosas y poco lógicas.
Después siguió una suave ondulación, nada brusca, no, no. Todo lo contrario.
Era como yacer sobre la respiración de una nube. Con franqueza, algo
delicioso. Decidí llegar hasta el fondo del asunto. Para más seguridad, me
volví contra la sábana, me sujeté del colchón y, después de cerciorarme de
que Gladys no corría peligro de caerse, cerré los ojos.
El movimiento comenzó a complicarse: unas veces hacia arriba y abajo, otras
hacia adelante, todo muy suave, algunas hacia los lados, pero siempre algo
nuevo y después, otra vez un ritmo, una cadencia, hasta un nuevo cambio.
¡Cuántas sensaciones! Y la cama no cesaba de moverse. ¡Qué va! Se
estremecía, oscilaba, se alzaba y descendía cada vez más rápido, tanto que
su actividad, ¡cómo explicarlo!, se hacía más animada sin llegar a ser
desagradable.
Bueno, llegó un momento en que, sin poder yo evitarlo, mi cuerpo comenzó a
chocar con el colchón y a saltar para caer, una y otra vez, una y otra vez, más y
más. La cama comenzó a chirriar. Hasta que temí que la escucharan los
vecinos. Pero, ¿cómo detenerla? Y el ritmo de sus convulsiones se aceleró. Y
ocurrió lo increíble. Lo todavía más increíble, quiero decir. De pronto comenzó
a ascender, conmigo encima. A Gladys no me atreví ni a mirarla. Y subió, a
salticos, más, y más y yo me agarré fuerte, como pude, y siguió hacia arriba,
más y más. Y allá, casi mi espalda a una palma del techo, la cama vibró, vibró.
Y, como los sillones de barbero cuando les pisan el pedal, de pronto
descendió hasta que sus cuatro patas tocaron el suelo. Después, quietud y
sosiego. Enseguida me dormí.
Era mucho para una sola noche, pensé al despertar. Pero estaba equivocado.
Anoche lo hizo de nuevo. Sí. No llamé a Gladys porque, la pobre, de seguro
estaba muy cansada. Así que me puse el pijama, me afeité. .. Yo siempre me
afeito cada tres días, pero anoche, no sé, temí molestar a la cama que, como
está comprobado, al menos la de mi casa, está viva.
Me tomé el medio vaso de café y, a eso de las dos de la madrugada, lo hizo,
con chirridos y ascensión al techo y todo. No me lo perdí. Y más tarde, cuando
me estaba durmiendo, satisfecho, sentí un temblor. ¡Era ella! ¡La cama! Que lo
estaba repitiendo. ¡Dos veces en una noche!
Y ahora, trabajando en el informe, no hago más que pensar en la noche. Y si
pienso mucho hasta me da escalofrío. La empresa ha cumplido el plan en un
ochenta por ciento y todavía nos quedan dos meses. ¿Se moverá hoy la
cama? Hay que hablar con la gente de suministros para que se ponga al día.
¿Y cuántas veces se moverá? Si cumplimos con un mes de anticipación
podemos coger el premio. ¿Una o dos veces? Tengo que hablar con Niurka,
la flaquita del sindicato, y sensibilizarla con el informe. ¿Y si le da por moverse
tres veces?
Acaba de sonar el despertador. Ni el vaso de café me hizo nada. Eran varias
noches sin dormir. Caí en la cama y hasta ahora por la mañana. Si se movió,
ni me enteré. Bueno, a levantarse. .. ¿Y por qué Gladys no se ha despertado?
Ella siempre oye el timbre antes que yo. No importa, la pobre. . . ¡Cómo! Al ir a
ponerme las chancletas acabo de comprobar que la cama se ha movido:
estaba en el borde de ese mosaico y ahora está en el medio.
—Gladys —la llamo volviéndome hacia ella.
—Humm. Déjame dormir —murmura molesta—. Estoy muerta de sueño.
¡Qué bien luce con ese bobito...! ¡Ese bobito! No se lo ponía para dormir
desde los primeros días del matrimonio.
—¡Gladysl —ahora la estoy sacudiendo.
—¿Qué quieres, cherí? —me dice. .. “Cherí”, como en la época de la luna de
miel y las canciones en francés.
—¿Por qué no me avisaste cuando se movió la cama? —a zarandeo de
nuevo, ya con la certeza de lo sucedido.
—No quise despertarte, cherí. Pensé que habías trabajado mucho y estarías
cansado.
—¿Cuántas veces lo hizo? ¿Cuántas?
Gladys abre los ojos. Están enrojecidos y adornados con ojeras.
—Tres —responde aturdida, sin comprender aún qué me disgusta-. Igual
que siempre: tres.
Ha transcurrido otra semana y Gladys y yo apenas hablamos. ¡Nunca se lo
perdonaré! Hacerme eso a mí. ¿Por qué no me lo dijo? Yo dormía
profundamente después de analizar el problema del movimiento y ella
entonces lo analizaba sin mí. ¡Y se arreglaba y se vestía con el bobito! No en
balde se veía tan contenta y se mostraba tan cariñosa. Con engaños de ese
tipo por parte de la mujer no hay matrimonio que resista. Y el nuestro está en
las últimas. No le he dicho nada de esto porque va y quiere divorciarse ahora
mismo y estamos en invierno. Y porque estuve llamando a mis antiguas
amigas y la que no está casada, quiere guardarle la forma a alguien.
Y en cuanto a la cama, bueno, hemos llegado a una especie de acuerdo
tácito: el que esté despierto, analiza lo del movimiento. Y el que no, se fastidia.
Pero así, lo confieso honestamente, el asunto ha perdido mucho atractivo
para mí. Ese movimiento llegué a sentirlo como algo íntimo, personal. Y no
puedo concebirlo de otra forma. No digo que ya no me guste, si estoy
despierto, lo disfruto, pero es otra cosa.
Y lo que más me incomoda es que mañana salgo en avión para el interior con
Niurka, la flaquita, a un asunto de trabajo. Y mi mujer se queda cuatro días en
casa, ¡sola con la cama! Si no me muero de rabia es porque voy con Niurka y
últimamente hemos hecho una buena amistad y... iquién sabe! Por si acaso
le dije que Gladys y yo estamos separados y dormimos —cada uno en una
cama aparte. Cuando dije “cama” sentí celos. Esta Gladys, cuatro días, ella
sola con…
Acaba de entrar Niurka a la oficina y yo puse cara de tipo totalmente
divorciado. Me sonríe y sigue a ver al director. ¡¿Quién me dijo que era
flaquita?! Admito que es delgada, menuda. Pero, ahora que la contemplo
mientras espera a que le abran la puerta, veo que tiene dimensiones,
pequeñas redondeces que abultan sus ropas. ¿Será posible que bajo esas
telas se oculte algo palpable, sabroso…?
¡No! ¡Basta! Se me pusieron las orejas coloradas y se van a dar cuenta en la
oficina. Ya estoy que me gusta cualquier cosa que no se parezca a mi mujer. Y
si no sucede nada entre Niurka y yo, lo más seguro, voy a quedar en ridículo
conmigo mismo. Además, ella no es solo su físico. Es una compañera muy
alegre y dispuesta siempre a ocuparse de cualquier tarea. Y una cara linda y
vivaracha. Y quizá un cuerpecito… Bueno, está bien; pero no es para estar
pensando en eso y en eso y en eso y...
Estoy mirando al techo y Niurka duerme a mi lado en un hotel de provincia,
con aire acondicionado, agua caliente y fría y un restaurante en el último piso
con una pianista que toca temas de películas y nos sonríe al vernos
enamorados. Todo muy lindo. Pero en lo que pienso es en la cama. No, no en
la de mi casa. En esta, en esta del hotel. Se mueve.
Pero no, no se mueve sola. Se mueve con nosotros. He descubierto la vida.
¿Yo estaba ciego? Sí, estaba ciego, estaba muerto y estaba todo. Niurka es el
movimiento y la vida. En el avión le conté una historia que a su vez una amiga
mía, hace tiempo, me confesó que un tipo le inventó y ella no se le pudo
resistir.
Es la triste leyenda del hombre que añora tener un niño y la esposa no quiere
y así llegan a un estado de incomprensión en el que deciden separarse,
porque ese hombre ya no puede vivir sin un niñito, un bebé, así de chiquitico,
pero suyo, iqué triste! Tuve que tirarle un poco de tierra a Gladys cuando en
realidad era yo quien la había convencido de que por ahora no podíamos
tener un niño. Pero el fin justifica los medios y mientras le hacía el cuento yo
había estado mirando los labios a Niurka, y el escote, la entrada de los
senos... Y allá fue la historia triste.
Esta tiene sus variantes: si uno ya es padre, inventa entonces que está loco
por una hembrita o un varoncito, según lo que haya tenido. Y si tiene hijos de
ambos sexos, dice que su mayor anhelo es tener un par de mellizos. O
trillizos si hiciera falta. El objetivo es despertar el instinto maternal que
poseen las mujeres, en mayor medida que los hombres, y, de paso,
demostrar que uno es muy sentimental y muy bueno. Y no hay que olvidar,
quizá este mensaje le llegue a la mujer de forma inconsciente, pero está
probado que le produce un temblorcito en lo más recóndito, que existe cierta
relación entre tener un hijo y encerrarse en una habitación a hacer el amor.
Y Niurka sucumbió ante mi historia y mi tristeza. Y ella también entristeció,
hasta lloró en el avión. En fin, que hemos pasado cuatro días divertidísimos,
inolvidables.
La primera noche, después de dos largas reuniones con los compañeros de
la provincia, Niurka y yo subimos al restaurante. Mientras ella leía el menú,
me aproximé subrepticiamente a la pianista y, cuando iba a hacerle mis
peticiones, esta comenzó a tocar Casablanca y sonrió como diciendo “yo sé lo
que ustedes necesitan”. ¡Qué profesionalismo!
Entre mi historia del hijito anhelado —no sabía otra y tenía que exprimir esa
hasta que diera resultado— y el recital de temas románticos, casi no puedo
con el bistec. Además, no quería llenarme mucho. Pasamos al bar y
aproveché que se me corrió el lente para llorar, ayudado por mi amiga la pia
nista, quien me respaldó con el tema de Los paraguas... en la parte de la
despedida en la estación de trenes. Y cuando la muchacha dice eso de “tu
sevián que la lalá la lala, monamur, yetén, yetén…” logré que una lágrima
grande, evidente, cayera sobre su mano, que yo acariciaba. Fue mucho.
Llegué a la desesperación en el problema del bebé y Niurka decidió
ayudarme.
Cuando la desnudé en su habitación, lo hice rápido, con la inconsciencia del
que abre a martillazos una caja oxidada y descubre que era el cofre de un
fabuloso tesoro. ¡Y qué tesoros ocultaba esta Niurka! Todo nuevo, rotundo,
turgente. Se cubrió como pudo con las manos. Las piernas me temblaban y
comencé a sudar frío. Ella fue a sostenerme y se destapó. Tan rápido quise
mirarla de arriba abajo que se me corrió otra vez el lente y lloré.
—No pienses más en el bebé —dijo Niurka—. Vamos a hacer todo lo posible.
—Sí -la miré lleno de agradecimiento por su bondad.
Y se me abrazó. Sus senos pinchaban de duros. La llevé hasta la cama para
no caerme. Hacerle el amor fue una delicia. ¡Oh, mi Niurka, mi Niurkecita! Eres
la vida sobre las sábanas.Pequeña, incansable: una mujer portátil. ¡Y qué
cuerpecito! Nada espectacular, pero todo muy bien puesto, chiquitico, re
dondito y lindo. Como para...
La contemplo. Ella duerme aquí a mi lado. Yo no he podido dormir de la
conmoción. He estado reflexionando. ¿Así es la mujer delgada? ¡Cuánto
tiempo he malgastado en mi vida perdido entre tanta carne! Pero soy joven,
casi un niño. Solo tengo veintiocho años.
Niurka se está despertando. Abre los ojos. Me mira asombrada. Y sonríe. Me
parece que esta cama se va a mover otra vez.
Anoche regresé a casa con el agotamiento de cuatro días de trabajo y amor, y
me dormí al instante de acostarme. Y ahora despierto horrorizado con la
pesadíllica convicción de que alguien me ha dejado caer una vaca encima con
la intención de ahogarme. La agonía de la muerte dura hasta que Gladys alza
sus pechos de mi rostro y puedo abrir los ojos.
—Te extrañé mucho, cherí —dice, con evidente afán de reconciliación—.
Contigo la cama se mueve diferente.
Entonces me acuerdo. Ya había olvidado totalmente esa bobería.
—Anoche, después que llegaste, se movió como nunca —insiste Gladys y, al
reír maliciosa y desenfadadamente, me da un golpe en un ojo, que menos
mal que me quité los lentes para acostarme.
—Si, lo sentí. Y me gustó mucho —le miento. No quiero que sospeche que
existe otra mujer.
Y mientras hago esfuerzos por variar nuestra actual situación física, decido
cederle a mi mujer, de ahora en adelante, el análisis del movimiento: acabo
de comprender que, después de haber conocido a Niurka, la cama de mi
casa ha perdido todo su significado para mí.
La felicidad completa es breve. Yo, inocente, saliendo con Niurka cada vez que
podía inventar algo, mientras creía que en mi matrimonio todo marchaba bien.
Yo, estúpido, fingiéndole por las mañanas a Gladys que me seguía
interesando el movimiento de la cama, no advertí que hacía un gran ridículo.
Porque acabo de descubrir que todo es falso, mentira, que no se puede
confiar en las mujeres, que, en fin, la fidelidad no existe.
Resulta que anoche algo me cayó mal y no pude dormir y cuando la cama
empezó con la fastidieta de su movimiento, me levanté. No tenía ganas de
sudarme y estar en ese brincoteo. Se lo dejé a mi mujer. Pero, icuál no fue mi
sorpresa al comprobar que ella ni se enteraba! ¡Dormía plácida y satisfecha!
¡Ah, no! Y la vigilé. Y cuando la cama comenzó por segunda vez y saltó y se
sacudió e hizo lo que le dio la gana, mi mujer siguió durmiendo como una
bendita. ¡Maldita!
Esperé a que despertara y cuando le pregunté qué le había parecido el
movimiento, ha tenido la desfachatez de responderme, ahora mismo, que fue
maravilloso, que ella últimamente lo esperaba con los ojos abiertos para
analizarlo mejor.
No hay dudas: mi mujer tiene un hombre. Quiero decir, otro hombre. Otro
hombre que la deja exhausta, satisfecha, que la hace prescindir del honesto y
fiel lecho matrimonial.
¡Otro hombre!
¡Me ciego! Se me sube la sangre a la cabeza ante tanto engaño. Si no le doy
dos bofetadas es porque soy moderno, nada machista. Pero este es el fin del
matrimonio. Es imposible continuar con una mujer capaz de traicionar así la fe
que he depositado en ella en todo momento, hasta estando lejos con Niurka.
Por mi honor, ¡tengo que divorciarme! Y porque, además, seguro que hay
gente que lo sabe. ¿Qué van a pensar de mí si no hago algo? Está visto que
en esto de la infidelidad matrimonial no se puede confiar en nadie. ¡Ni en la
propia esposa!
¡Catorce años! Catorce años de aquel asunto de la cama, Gladys y el disgusto
del divorcio, que no quiero ni acordarme! Pero han sido catorce años de
felicidad. Porque Niurka y yo nos casamos. No le dije, por supuesto, que me
divorciaba porque Gladys me estaba engañando. No es por nada, lo hice por
ella misma. No quería que se lastimara pensando que yo oficializaba nuestra
relación porque mi esposa tenía otro y en cualquier momento me botaba.
Lo hice por ella. Bueno, y porque, en verdad, me dejaba muy mal parado eso
de que Gladys hubiera necesitado de otro para dormir satisfecha. Y aunque yo
le juraba que nos acostábamos en camas separadas, Niurka de seguro
sabía que eso siempre es mentira, o al menos algunos días a la semana es
mentira, y en el fondo vivía orgullosa de que yo, además de cumplir con mi
esposa, fuera capaz de salir con ella a menudo y darle tanto amor.
Hice muy bien. Porque en eso de la vitalidad del hombre piensa igual la
amante que la esposa. Porque si a una mujer no le gusta que su hombre esté
con ella y con otra, menos soporta la idea de que no lo hace porque no puede.
Lo hice por ella. Porque para Niurka no podía ser lo mismo casarse con un
ligón que con un cornudo. En la práctica era igual yo soy uno solo —porque
por un cartelito u otro no iba a cambiar mi físico ni mi forma de ser. Pero era
un problema de imagen. Entre esos dos términos hay ciertas diferencias de
apreciación que yo resolvía diciéndole la verdad, pero no toda.
Bueno, le dije que ya no soportaba más seguir viviendo sin un hijito mío —
confieso que tengo poca imaginación—, un simple bebecito. ¡Y qué sorpresa
me dio cuando llevó mi mano a su vientre y me dijo:
—iAquí está, mi amor! ¡Aquí está el niñito que tú querías!
No llores.
—Es de felicidad —le dije, y fue que del susto se me había corrido otra vez el
lente.
Pero de veras estaba muy feliz. Por el niño. Por el niño y por el pequeño
detalle de que, como nacería antes de los nueve meses de haberme
divorciado de Gladys, todos pensarían que nos separábamos porque yo, ¡qué
bárbaro!, iba a tener un hijo con otra mujer. ¡En mi vida he disfrutado de tanta
suerte!
Hace catorce años que soy feliz. Tengo una hija de trece: Lisita. Bueno, Liza.
Niurka insiste en que la llame Liza. Dice que eso de “Lisita” es cosa de viejos.
Por fastidiarla, le digo que qué soy yo si no un viejo, un viejito a quien ella
quiere mucho. ¡No sé ni para qué me meto en esos juegos! Enseguida
empieza con el problema de mi barriga, que si por qué no hago ejercicios
como ella, que si me afeite más a menudo.
Menos mal que ya dejó aquello de que si un curso para superarme y que si
aspirar a un puesto mejor. Bastante que me esforcé al principio de estar
juntos, por complacerla, y llegué a ser jefe de departamento. iPero ya! Mi
tranquilidad vale más que treinta pesos adicionales. Además, si yo estudiaba.
¿quién iba a cuidar la niña para que ella fuera a la universidad?
Tengo cuarenta y dos años, que no es lo mismo que antes, y ya di lo que iba a
dar. No es conformismo. Comoquiera que sea me ha ido bien: llevo doce
años de jefe de departamento, me sé ese trabajo como la palma de mi mano,
si todos los meses es lo mismo; tengo a Lisita... Liza, que es inteligentísima
como yo, y como Niurka; y, bueno, la tengo a ella. Niurka. Niurkecita, todavía la
llamo así. Nadie diría que ya es una medio tiempo de treinta y seis años.
Lisita y ella parecen hermanas. Y yo, el padre de las dos. Es para morirse de
la risa.
Y hoy le dio por venir al campismo. Yo le dije que eso estaba bueno para
Lisita, no para nosotros, pero no hubo forma de convencerla y, bueno, aquí
estoy, a su lado, poniéndome esta trusa. El elástico se me encaja en la
cintura y no voy a poder aguantar ni media hora. iY quiere que yo suba a la
loma! ¡Claro, como que ella…!
¡Qué bien le queda esa trusa! Mirándola bien, Niurka está igualita. Mejor aún:
los años han llenado definitivamente sus redondeces haciéndolas, ¿será
posible?, más firmes. ¡Qué cuerpecito! Sus pechos parecen dos muelles
comprimidos. Un ángel pudiera hacer trampolín en la punta.
Mejor no la miro más, no vaya a ser que se crea otra cosa y se embulle.
¡Bastante he tenido hoy con levantarme casi de madrugada y el largo viaje en
guagua, para estar también pensando en eso! Niurka no. Si por ella fuera
siempre estaríamos en el jugueteo. No se da cuenta que ya no es lo mismo,
que uno no tiene veintipico. No es que sea un viejo, pero si me pongo en eso
entonces sí que hay que subirme a la loma en carretilla.
¡Mira que tiene cosas esta Niurka! Aprovecha que voy frente al espejo y, antes
de que pueda mirarme, con fingida inocencia se sitúa ante mí, de espaldas.
—Me estás pinchando —dice juguetona—, con la barba. —Y con su indómita
sensualidad, levanta el rostro para vernos en el espejo.-¡ Aaayyy!
—¡¿Qué pasa?! —no entiendo. Ella se vuelve a mí y me abraza—. ¿Qué pasa?
—repito.
—Mi amor, no te vi.
— …
—En el espejo, cuando levanté la vista. No te vi.
Y saca lentamente la cabeza de mis brazos y se vuelve hacia el espejo.
Cuando mira, tengo que sostenerla para que no caiga al piso. Está totalmente
estremecida, hasta el espanto.
—No te veo, no te veo. Me veo a mí, pero nada más. Tú no estás. No estás.
Y yo —confieso que estoy asustado, sé que todo es producto de sus nervios,
pero me asusto— miro al espejo. Allí veo a Niurka, con claridad: la intensidad
de su belleza resplandece. Y atrás estoy yo. Pero no soy yo. Soy solo una
sombra, una mancha que se pierde en los tonos oscuros de la nada.
—No te veo. No te veo —repite Niurka en el abandono del pánico.
—Pero yo estoy aquí —le digo.
Mas no me siento tan seguro. Las cosas no siempre son como son ni todo se
puede explicar. ¡Oh, no! Ahora es el espejo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué me
pasan estas cosas a mí?
2.-CARTA DE
RECONOCIMIENTO
Date: Tue, 17 Apr 2007
21:56:10 +0200 (CEST)
Un cordial saludo de
BATAKLAN Teatro.
Con esta misiva una
felicitación por su articulo
sobre el escritor y
dramaturgo Cubano,
Guanabacoense,
RODOLFO PEREZ
VALERO a quien por su
intermedio queremos
darle un abrazo de
reconocimiento por su
obra y por este premio
tan merecido.
Nosotros tenemos en este
momento el orgullo de
contar en nuestro
repertorio con su
monologo TOBITA,
dirigido por Jorge
Valencia Villegas y
actuado por Luis Felipe
Reina, con el hemos
participado en el:
- II ENCUENTRO
INTERNACIONAL DE
ARTE POPULAR SIMÓN
BOLÍVAR en Ciudad de
México, Octubre de 2006.
- TEMPORADA DE
MONÓLOGOS
Universidad Nacional de
Colombia, Bogotá, Agosto
de 2006
En 2005 participamos en
la muestra del FESTIVAL
DE TEATRO DE
BOGOTÁ 2005 Sala R101.
Igualmente hemos
realizado presentaciones
de teatro intimo en varios
colegios de la ciudad de
Bogotá y continuamos
con la obra en repertorio.
Un abrazo
NATYIBE BARÓN ACUÑA
Representante Legal de
BATAKLAN Teatro
e-mail - mariaargelia@hotmail.com
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Rodolfo Pérez Valero, escritor premiado que enorgullese a Cuba y especialmente a los guanabacoenses
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CONTENIDO DE ESTA PÁGINA
1.- Gana el dramaturgo Rodolfo Pérez Valero importante premio de Gijón, España. 2.- Carta de reconocimiento. 3.- Rodolfo Pérez Valero y sus obras premiadas. 4.-¿Por qué me pasan estas cosas a mí? Rodolfo Pérez Valero. 5.- CUBANOS DE LA DIÁSPORA EN LA VIGÉSIMA SEMANA NEGRA DE GIJÓN. 6.-Cubanos de la diáspora en la Semana Negra de Gijón 7.- No es tiempo de ceremonias
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5.- CUBANOS DE LA DIÁSPORA
EN LA VIGÉSIMA SEMANA
NEGRA DE GIJÓN
por Rodolfo Pérez Valero
La Semana Negra cumplió 20 años. Está
dedicada a la literatura policiaca, pero es un
evento cultural totalmente atípico, para bien. Allí,
todo puede suceder. Usted puede contemplar
un ballet vertical, en la pared del estadio de
fútbol de Gijón, conversar con su autor favorito,
sea español, francés, italiano, cubano o de
muchos otros países, y participar en el concurso
que premia a la más sabrosa tortilla de papas.
Puede conocer a los mejores fotorreporteros
internacionales del momento, los más famosos
creadores de comics, los más imaginativos
escritores de ciencia-ficción, y sufrir mientras un
escapista huye apenas de una trampa mortal,
verdadera, en el mismo recinto donde los
autores policiacos firman sus novelas y
comentan sus proyectos.
Como la semana de Manzanero, “tiene más de
siete días”, pues dura diez. Las mesas
redondas, las presentaciones de libros y los
paneles de especialistas son los menos
solemnes que se pueda imaginar, a pesar de
que son entre autores que se toman muy en
serio su profesión. Muy probablemente, esto se
deba en gran parte a su creador y director, el
exitoso escritor asturiano-mexicano Paco Ignacio
Taibo II, que en toda su vida no se ha puesto
una corbata y a quien casi no dejan entrar, por
no estar “correctamente vestido” a una entrega
de premios literarios en México en la cual,
casualmente, él el máximo ganador.
Cuatro miamenses fuimos a esta vigésima
Semana Negra. Fui invitado por ser el único
autor que ha ganado en cuatro ocasiones (la
última en el 2006) el Premio Internacional de
Cuento de la Semana Negra (vale decir que el
autor que me pisa los talones, con tres premios,
es otro cubano: Lorenzo Lunar). También, por
haber sido fundador de la Semana Negra, en
1988, a la que acudí junto al escritor policiaco y
coterráneo guanabacoense Alberto Molina, mi
hermano del alma, quien decidió, en ese
momento, dar el paso que tantos dimos, antes o
después, y se quedó en España.
En esta ocasión, me acompañaron mi hija
(guanabacoense como yo), y mi esposa
(guanabacoense por adopción). El viernes 6 de
julio, comenzó esta sana locura cuando salimos
unos 140 escritores de más de 10 países
escoltados por decenas de periodistas en el
Tren Negro hacia Gijón, y por el camino
realizamos la primera mesa redonda. Al llegar a
Asturias, hicimos una parada en Mieres, donde
nos recibió una banda de gaiteros que nos guió
en una caminata por esa localidad. Más tarde,
en Gijón, nos dio la bienvenida la banda
municipal, y esa misma noche fue inaugurado el
evento, con la presencia del presidente del
Principado de Asturias.
Cuando llegamos al recinto de la Semana
Negra, nos sorprendió de qué forma se había
hecho realidad la idea de Taibo de que fuera la
mayor fiesta cultural popular de toda Europa. En
el Parque Isabel la Católica encontramos toda
una calle con carpas de las más importantes
librerías de España, junto a tres salones de
encuentros de los escritores y el público. Pero,
esto era sólo el núcleo de la Semana Negra,
porque al doblar la esquina hallamos decenas
de carpas de los más famosos restaurantes de
Gijón, seduciendo al visitante con los exquisitos
aromas de sus cocinas. Y algo más adelante, el
gran escenario por donde, en otros años, han
pasado Manolín, el médico de la salsa, NG la
Banda, y el Gran Combo de Puerto Rico, entre
otros, rodeado de carpas de las más populares
discotecas de la ciudad, entre ellas la Bodeguita
del Medio, de los amigos Javi y Pío, gijoneses de
alma cubana. Y por si fuera poco, a sólo unos
pasos se alzaba un gran parque de diversiones
con decenas de aparatos y cuya atracción
principal era una gigantesca estrella o noria con
luces que se veían a lo lejos desde casi todo
Gijón y que de manera natural se ha convertido
en símbolo del amplio carácter popular de la
Semana Negra. Y para rematar, casi cien carpas
que completaban un festivo mercado callejero,
pulguero internacional donde era posible
comprar desde los últimos CD musicales hasta
artesanía andina, mientras mujeres africanas
tejían trencitas en los cabellos de jóvenes
gijonesas y supuestas gitanas nos leían la palma
de la mano y nos auguraban un excelente
futuro, siempre que les pagáramos diez euros.
La principal carpa, dedicada a los encuentros de
los escritores y el público, mostraba en sus
paredes las fotos que testimoniaban las dos
décadas de Semana Negra. Allí vimos fotos de
José Latour, el cubano que escribía con el
seudónimo de Javier Morán, y quien al lograr
salir de Cuba vivió por un tiempo en Gijón antes
de establecerse definitivamente con su familia
en Canadá, desde donde ha visitado la Feria del
Libro de Miami. En otra de las instantáneas
descubrimos a Ignacio Cárdenas Acuña (quien
con su “Enigma para un domingo”, a principios
de los años 70, se convirtió en el decano de los
escritores policiacos cubanos) encabezando una
interminable fila durante esa noche en que la
Semana Negra logró el récord de la conga
cubana más larga del mundo. Y fotografiamos la
foto para traérsela, porque Cárdenas, el querido
“hermano mayor” de todos nosotros, asistió
hace una década a un encuentro de autores
policiacos en Filadelfia y decidió no regresar a la
isla, y reside en Miami, donde prepara un nuevo
libro de cuentos.
En Gijón se nos unió el también miamense
Daniel de Prophet, narrador y poeta nacido en
Jovellanos., quien acudió a esa ciudad a
investigar, precisamente, aspectos de la vida del
famoso intelectual y político gijonés Gaspar
Melchor de Jovellanos. Pero ya allí, lo conquistó
la insólita dualidad de abarcadora fiesta popular
y cultural y, desde ese momento, decidió
participar activamente en la Semana Negra.
Tuvimos también el privilegio de compartir allí
con el escritor habanero Amir Valle, quien desde
hace unos meses reside en Berlín después que
las autoridades cubanas dificultaron su regreso
a la isla, probablemente por la crítica
descarnada de sus novelas, que se desarrollan
en medio de la marginalidad de Centro Habana.
Amir, quien ha estado ganando concursos y
cosechando éxitos en España y otros países de
Europa, fue uno de los más populares autores
invitados al evento. Una de sus obras recibió allí
el premio a la Mejor Novela del Año, de la
NOVELPOL, la sociedad de españoles lectores
de literatura policiaca.
Junto a Paco Taibo, Amir presentó la novela
póstuma del muy querido Justo Vasco, el mulato
que salió del Vedado para ayudar a organizar
una de las Semanas Negras y se quedó allí en
Gijón, enamorado de esa ciudad donde fundó
su familia española, donde una repentina
muerte nos lo arrebató. Por elección de Paco y
de Cristina, la viuda de Justo, Amir fue el
encargado de culminar la escritura de esa
novela inconclusa de Vasco, “El guardián de las
esencias”, que se desarrolla, dónde iba a ser,
en La Habana.
Este año se filmó un documental sobre la
Semana Negra, y su realizador fue un cubano, el
documentalista y director de televisión Lázaro
Buría, residente desde hace años en España. Y
no cuento aquí al laureado escritor José Carlos
Somoza, también presente, pues, aunque nació
en La Habana en 1959, sus padres se exiliaron
con él en España y toda su vida la ha
desarrollado en ese país.
También debieron haber estado el villaclareño
Lorenzo Lunar, a quien sus ácidas novelas con
títulos de boleros, descarnados lienzos de la
corrupción y el mundo marginal de la actualidad
cubana, le han ganado un espacio en el
panorama editorial español. Pero tanto a Lunar
como al también cubano Yoss, uno de los más
exitosos cultores de la ciencia ficción en la isla,
la embajada española en La Habana les demoró
demasiado la visa, y no pudimos contar con su
presencia.
En la Semana Negra, los cubanos pudimos
compartir y discutir ideas, planes y proyectos
con autores de otros países latinoamericanos
como México, Argentina, Colombia y Perú, pero
también con escritores de Estados Unidos,
Canadá, y la mayoría de los países europeos.
Para mí, la Semana Negra es, hecho realidad, el
sueño de cualquier escritor que no sea un
académico solemne y aburrido. Como dicen sus
organizadores, en sus primeros 20 años han
pasado por allí once elefantes, mil escritores,
trescientos dibujantes, veinticinco magos, un
fakir y una docena de directores de cine,
además, por supuesto, del más del millón de
personas que, cada año, acuden, simplemente,
a disfrutar de un buen libro y de una suculenta
comida, y a cerrar la noche con una cubanísima
rueda de casino, pero sosteniendo la última
novela de su autor preferido bajo el brazo.
20 años no es nada, como dijo Gardel. Lo
importante es que hay más, que el 2008 será el
primer año de la próxima veintena, de una
Semana Negra absolutamente internacional
donde, afortunadamente, los cubanos hemos
podido poner nuestro granito de arena. Y así
seguirá siendo.-
Rodolfo Pérez Valero. Narrador. Nació en Guanabacoa, La Habana, en 1947. Autor de literatura policial, ciencia ficción y teatro. Graduado de Artes Dramáticas de la Escuela Nacional de Arte y licenciado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de La Habana. Entre otros, ha publicado No es tiempo de ceremonias; Leopardos, máscaras y ratones; Para vivir más de una vida; El misterio de las cuevas del pirata y Crimen en noche de máscaras. El cuento que publicamos pertenece a la antología Aventuras insólitas.
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Rodolfo Pérez Valero y su esposa, en Gijón, Asturias.
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Al llegar a Asturias, hicimos una parada en Mieres, donde nos recibió una banda de gaiteros que nos guió en una caminata por esa localidad.
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NOTA DE PRENSA
Cubanos de la diáspora en la Semana
Negra de Gijón
Por María Argelia Vizcaino
Practicamente acaba de finalizar la Semana
Negra de Gijón, a la que acudieron varios
cubanos de la diáspora.
Este importante evento que se celebra cada
año en Asturas, España, cumplió 20 años y
está dedicado a la literatura policiaca. Comenzó
el pasado 6 de julio y contó con 140 escritores
de más de 10 países, que arrastraron decenas
de periodistas en el Tren Negro hacia Gijón,
donde les dio la bienvenida la banda municipal,
y el presidente del Principado de Asturias.
Varios cubanos de la diáspora compartieron
mesas redondas y encuentros de los escritores
con el público español, entre los que se
destacan mi coterráneo Alberto Molina; Daniel
de Prophet, narrador y poeta nacido en
Jovellanos; Amir Valle, escritor de mucho éxito
en España y otros países de Europa, que
reside en Berlín desde que las autoridades de
la isla le dificultaron su regreso a la patria, y mi
también compueblano Rodolfo Pñérez Valero,
quien fue invitado especial por ser el único
autor que ha ganado en cuatro ocasiones (la
última en el 2006) el Premio Internacional de
Cuento de la Semana Negra (siguiéndole muy
de cerca, otro autor cubano, con tres premios:
Lorenzo Lunar).
Pérez Valero acudió allí junto a su esposa y
su hija, también guanabacoense, para recibir
un homenaje, porque además de ser el único
que ha ganado en cuatro oportunidades, es
fundador de la Semana Negra, pues asistió a la
primera, en 1988, junto a su gran amigo, el
también escritor policiaco y coterráneo
guanabacoense Alberto Molina, quien decidió,
en ese momento, pedir asilo en España.
Finalmente, Pérez Valero y su familia
disfrutaron unos días de la hospitalidad que les
brindó en su apartamento madrileño Alberto
Molina, quien es especialista de la distribuidora
de películas Sony en España. Y me aseguró
Rodolfo que, caminando por las callejuelas del
viejo Madrid, Molina y él no pudieron evitar el
evocar las largas conversaciones sobre
actuación y literatura que junto a otros amigos
(yo presencié algunas) sostenían en la querida
patria chica donde escribieron sus obra
iniciales: Guanabacoa.
Felicitamos desde esta página al escritor
guanabacoense residente en Miami, Rodolfo
Pérez Valero, porque además de ser un orgullo
de Cuba llena de gloria el nombre de toda
hispanoamérica.
Estampas de Cuba por María Argelia Vizcaino
"No es tiempo de ceremonias"
El título de esta novela premiada de Rodolfo Pérez Valero, reconocida en Cuba desde 1974, está siendo utilizado cada vez más como un refrán o un dicho sentencioso... PULSE ACÁ PARA LEER
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