Un ángel de este mundo
Zenaida Bacardí de Argamasilla

POR MARIA ARGELIA VIZCAINO

Cada día me convenzo más que los ángeles nos acompañan diariamente en este mundo. Unas
veces llegan de repente, solucionan un problema y desaparecen; otras, nos tienden una mano
indirectamente dándole una señal a alguna persona y a través de ella encontramos la solución
iluminándonos en medio de la oscuridad que nos abruma.

Tal es el caso que me relaciona con Zenaida Bacardí de Argamasilla a la que cariñosamente le
llamamos Tatá, un ángel que con su pluma  me ayudó enormemente en uno de los momentos
más difíciles de mi vida.

A Tatá Bacardí la voy siguiendo desde que la conocí recién llegada al exilio cuando por fortuna
leí en una revista Vanidades «La Amistad es una necesidad».  Después, compraba sin falta el
Diario Las Américas cada vez que publicaban sus artículos y desde luego, los recortaba y
archivaba, porque me he identificado con sus ideas y mensajes llenos de sabiduría y
sentimiento. Al cabo de los años tuve le inmensa dicha de conocerla personalmente, que me
escribiera y me enviara sus libros.

Pueden haber cientos o miles de autores cubanos que también admire por su calidad literaria,
algunos mucho más famosos, premiados, versátiles y novedosos, pero muy pocos con la sabia
que desborda esta sencilla mujer en todos sus poemas en prosa, porque domina un lenguaje tan
simple que ilumina a todo el que la lea.

En momentos que mi fe se ha debilitado, que he creído que Dios me había abandonado, fueron
sus escritos los que me levantaron. Los guardo en mi mesita de noche, me los he llevado al
trabajo, al hospital, a todas partes, y en cuanto las fuerzas me faltaban, que no tenía a quien
recurrir, los releía tantas veces como pudiera, porque pensaba en esos instantes como ella:
«Señor, estoy angustiada, atormentada, con las estrellas apagadas y el cielo como una muda e
indiferente inmensidad. Me siento tan perdida, tan insegura, tan dejada a mi suerte, que no
puedo esperar más para que vengas a darme consuelo, apoyo, solución».
(No dejes de venir.
Oración para cuando sientes que te hundes y necesitas a Dios).

Cuando mi padre estaba tan grave a finales del mes de abril del 2002, que además del
sufrimiento que me producía verlo en esas condiciones, la incertidumbre me acongojaba, ahí
estaba este ángel que me aconsejaba:
«Mi río, tan alegre, está llorando. Mi lámpara, tan tibia,
está opaca. Mi rosa, tan fragante, está mustia (...) Pero más allá en lo más hondo de mi raíz,
en la médula de los huesos, disuelta en la sangre que me circula tengo fe en un Dios que no
abandona.»
(Un Dios que no abandona)

He leído a Zenaida con la necesidad de los que buscan versículos bíblicos que muchas veces
no sabemos entender porque fueron escritos hace tantos siglos, traducidos e interpretados por
los hombres a su modo de ver las cosas de aquellos años. Pero Zenaida --aunque se ofendan
algunos beatos-- es profeta de nuestros tiempos y nos llega directo como el sol de cada
mañana. De esta forma cuando desahuciaron a mi papá y la desesperanza me acechaba y no
quería contagiar a nadie más con mi pena, encontré el hombro perfecto donde recostarme:
«¡No me quites la fe Señor! ¡No me la quites! Porque con ella me cubro las heridas... me quito
los vendajes... me acompaño la soledad... me curo las penas, y recobro las fuerzas» (Para
pedir Fe). Y cuando mi padre marchó definitivamente al lado de Dios, antes que las lágrimas
me cegaran pude leer «Perdona mi ineficacia, mi falta de fe y mis impedimentos humanos.
Por no darme cuenta de que no hay muerte: lo que hay es principio, tierra, cielo»
.
(¡Perdóname!).

Después, antes de sentir el gran vacío que provocara su partida me quedé muy atormentada,
no podía ni responder los mensajes de los que tanto se han preocupado por nosotros, que
estoy segura me comprenderán, porque son justos y saben amar. Así escuché  nuevamente a
través de Tatá el consuelo que todos me enviaban:
«Yo sé que el dolor te hunde... que ese peso
quita el equilibrio. Lo he sentido muchas veces así (...) Pero siempre se sobrevive porque la
vida tiene mucha fuerza, porque tú tienes grandes resortes para andar de nuevo, porque Dios
ayuda, porque las lágrimas se secan, porque el tiempo cicatriza, porque la gracia trabaja»

(Yo lo sé).

Soy débil, mi fe es quebradiza, el pesar me comprime, la impotencia me arrebata la razón, pero
entiendo que es el sufrimiento el que mejor nos enseña en la vida, y estoy consciente que he
tratado de evitar que otros supieran del peso de mi cruz, para no perturbarlos y entristecerlos,
porque no quiero mortificarlos, ya que cada cual debe cargar lo suyo con amor que es lo único
que puede abrirnos la puerta del Reino de los cielos.

Ahora, más tranquila, me lleno de gozo cuando me reflejo en el espejo que me ha
proporcionado este ángel y puedo decirle a mi padre:
«Hay quien al partir deja algo. Hay
quien deja mucho, deja poco o no deja nada. Pero tú dejaste una obra completa: somos el
comprobante de tu misión cumplida, tu camino andado y tu obra realizada»
(Nadie se va del
todo).

A través de mis años vividos he tenido la maravillosa oportunidad de compartir con diferentes
tipos de ángeles, unos me han orientado, otros me han regalado compañía y en varias
ocasiones me han salvado la vida. Un ángel llega cuando menos lo esperamos por vías
inimaginables y realiza obras que el Señor le encomienda. Porque el  Todopoderoso se vale de
muchos medios para lanzarnos avisos, hacernos reaccionar, enseñarnos, guiarnos,
ayudándonos a soportar las tempestades de este mundo.

Esta vez fue un ángel convertido en
Zenaida Bacardí de Argamasilla que por fortuna
tenemos en nuestro planeta con una misión divina. Gracias Señor por permitirnos el privilegio
de haberla encontrado. (Y si usted nunca la ha leído le sugiero que lo haga cuanto antes).-
En la foto la admirada autora Zenaida Bacardí junto a María Argelia
Vizcaino el día que se conocieron personalmente.
e-mail  -    mariaargelia@hotmail.com
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